Cuando estaba en su apogeo el comunismo, en los países occidentales nos mostraban con horror las escenas de la vida cotidiana en la Unión Soviética, en Polonia, en China, en Cuba: las personas pasaban horas haciendo largas colas para adquirir productos, a los intelectuales se les castigaba por dedicarse a pensar —lo cual se consideraba inútil— y se les obligaba a hacer trabajo con las manos: picar piedra, elaborar ladrillos, cortar madera. Los ciudadanos vivían entre prohibiciones: no se puede esto, no se debe aquello y las personas se espiaban y denunciaban unas a otras porque esa era la manera que el Estado había ideado para asegurar su vigilancia y control.
Pero he aquí que eso que representaba lo más detestable nos ha alcanzado sin piedad en los países “libres”. Según el National Public Radio, “durante su vida, cada norteamericano habrá hecho cola durante dos años” cifra que un experto en cuestiones de consumo asegura que es de cinco años. En aeropuertos y bancos, clínicas de salud y escuelas, oficinas del gobierno y de empresas privadas, cines y supermercados, restoranes y estacionamientos, en todas partes hay que hacer cola; para que le cobren, para que le sellen, para que le permitan pasar, para que le entreguen, para que le atiendan, para que le informen, para que le den servicio. Así es la sociedad de masas, nos dicen; es que ha mejorado el poder adquisitivo de las personas, nos dicen. Lo que antes era por culpa de un régimen monstruoso hoy nos lo pintan como resultado del desarrollo y el progreso.
Hace un mes, el presidente de Francia nombró como ministra de Finanzas a la señora Christine Lagarde. En una de sus primeras declaraciones dijo que en ese país se piensa demasiado y que ya era hora de terminar con esto: “Basta de tanto pensar, dijo, es hora de arremangarse la camisa y ponerse a trabajar.” Y hasta habló de obligar a las personas “a laborar más duro”. ¿No era que con la tecnología trabajaríamos menos y tendríamos más tiempo libre?
Prohibir está a la orden del día. Gobernar consiste en decirle a la gente lo que no puede hacer y castigarla, desde multas hasta privación de la libertad: si se estaciona en este lugar, si no paga en esta fecha, si no obedece aquella ley, si no se inscribe a tiempo. A nadie se le ocurre que se podrían hacer las cosas de otra manera: hablar en positivo, negociar, premiar, decir que esto o aquello sí se permite. Todavía recordamos cuando las campañas para pago de impuestos de la Secretaría de Hacienda eran simpáticas con la buena Lolita sustituyendo a la mala Dolores, pero hoy otra vez sólo sabemos de advertencias y amenazas. ¡Y véase el nuevo reglamento de tránsito de la ciudad de México!
Pero lo más impresionante es lo que tiene que ver con la seguridad. En su nombre y justificación, se permite escuchar las conversaciones telefónicas y conocer los correos electrónicos de los ciudadanos, detener a cualquiera que “parezca” sospechoso o que sea amigo del hermano de alguien que lo parezca. ¡El macartismo revivido! Hay una novela que lleva a su extremo hasta dónde puede conducir este tipo de situaciones: la broma del checo Milán Kundera, que se publicó cuando pensábamos que eso sólo sucedía atrás de la cortina de hierro.
En México, el secretario de Gobernación ha dicho que para ayudar a combatir la delincuencia, se requiere de la participación de los ciudadanos y en su opinión, ésta consiste en que se espíen los unos a los otros y denuncien ante la autoridad cualquier cosa que les parezca extraña: “un vecino que llega en la madrugada cargando una maleta, un domicilio en el que entran y salen camionetas.” ¿Qué diferencia hay entre este pedido y el que se hacía durante el estalinismo?
De modo que los países exitosos del capitalismo, los que recorrieron el “camino correcto”, resulta que han llegado al mismo lugar al que hace medio siglo nos mostraban como ejemplo de lo horrible que era el comunismo.
Un joven artista norteamericano está hoy llevando esto al extremo: durante 24 horas al día se filma a sí mismo en todos sus actos: trabajando, comiendo, paseando, conversando, defecando, haciendo el amor, durmiendo. Además graba todos sus pensamientos y ocurrencias. Luego les envía la información a las agencias de espionaje. Cumple así el sueño de cualquier Estado, capitalista y comunista, autoritario y democrático: que las ideas de que todo está prohibido, que pensar es malo y que el espionaje es bueno calen tan hondo en los ciudadanos, que no sólo nos parezcan normales sino que terminemos por aplicárnoslas a nosotros mismos y hasta acusarnos.
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