Cuando niños, en clase de historia, explicaba el maestro que entre algunos pueblos de la antigüedad, como los persas, se valía robar, siempre y cuando no se les sorprendiera en el acto. El hecho mismo de robar no significaba un conflicto ético para aquella cultura, sino el de no saber robar.
Si alguien engañaba a otro y aquél no se percataba, entonces el ladrón se demostraba a sí mismo como una persona superior a la víctima, más inteligente y astuto.
Cuando de niños escuchábamos esto, no entendíamos cómo una sociedad toleraba y reproducía un código de conducta tan extraño.
Hoy, parece que la historia nos alcanza con su fluir circular y vivimos en un mundo que venera a quienes poseen poder y fortuna, sin que sea de interés conocer el origen de sus riquezas, aunque se presuma un origen ilícito o inexplicable.
Así, crece y florece el culto al poderoso, al violento, al abusador, al prepotente, al que “las puede”. ¿Qué si es narcotraficante? No importa, igual se le recibe con los brazos abiertos. ¿Qué si es pollero? Qué más da. ¿Qué si entró al gobierno con un modesto patrimonio y en menos de tres años se transporta en jet privado propio? Mientras se puedan hacer buenos business con él, interesa.
Antes, lo que no hacía la ley lo marcaba la sociedad y literalmente les hacía la vida imposible a quienes eran presuntos infractores. Hoy, el costo social de la corrupción y el abuso es casi cero.
Hemos llegado a un statu quo en el que la sociedad no puede desarrollar confianza. Y sin confianza, el paso hacia la modernidad es lento.
Pero la confianza no nace sólo de las transacciones económicas, sino principalmente de las transacciones humanas, del intercambio de sentimientos, amistad, compromisos, generosidad.
Y aquí la sociedad contemporánea también se encuentra con un gran déficit de respeto interpersonal.
El mundo moderno en México no se basa en la confianza y el respeto entre las personas. Desde lo más elemental, el compromiso es nulo. ¿Llegar a una cita a tiempo? En el mejor de los casos, pasada media hora, hablan de la oficina del ausente para avisar que “va a llegar unos minutos tarde” y en lugar de ofrecer una disculpa, el retardado se concreta a decir: “¿Te llamaron, verdad?”.
Los compromisos de las perso-nas actuales están aceptados bajo la implícita premisa de que “no surja otro plan”.
Llámese salir entre amigos de fin de semana, celebrar a alguien o llevar a los hijos a un evento, la mayoría de las personas hoy se comprometen y cancelan posteriormente con la mano en la cintura, y más grave aún, mienten.
Hoy a las mentiras se les llama excusas, pero no dista la esencia de unas y otras en nada. Si alguien planta a otro, surge la mentira que lo justifica. Si se rompe un compromiso, para ello habrá una mentira a la medida.
Todo esto es tan disfuncional, que después de quedar en algo, es necesario confirmar y reconfirmar al acercarse la fecha.
Y esto se ha vuelto tan cotidiano, que ya es casi invisible. Es “normal” no creer en la palabra. Es “normal” citar a un evento y esperar que todos lleguen media hora después. El puntual es, cuando menos, un nerd.
Esta cultura entorpece la calidad de nuestra sociedad y su capacidad de desarrollo, así como la calidad de las relaciones entre nosotros los seres humanos. Sin confianza no hay avance, ni evolución.
Lo único esperanzador es que en otras sociedades sí tiene valor la palabra. Y de ellas podemos aprender.
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