domingo, 16 de septiembre de 2007

Estados Unidos morirá - de la Columna de Jean Meyer



Bien lo dijo hace treinta años nuestro profesor de historia de las relaciones internacionales, J. B. Duroselle. La historia es un panteón lleno de mastodontes, desde Babilonia hasta la URSS. En 1918 cayeron cuatro, fulminados por la derrota militar: el multisecular imperio otomano, el de los Habsburgos, el inmenso imperio de los Romanov y el joven Reich alemán. Los bolcheviques resucitaron el imperio ruso y Adolf Hitler creyó fundar un Reich milenario. Pero los imperios no mueren siempre de muerte violenta: así de la Unión Soviética que se desintegró por dentro en 1991.

¿A qué va ese preámbulo? Cuando escribí hace quince días sobre la estrategia de la araña iraní, recibí largos comentarios muy bien pensados: “Usted pinta la realidad como si Estados Unidos estuviese desesperado y Putin, Irán y otros Estados enemigos de los norteamericanos estuviesen avanzando en su agenda y golpeándolos, como si las políticas de los norteamericanos fuesen erráticas en el ‘tablero mundial’. Como si ellos estuviesen ganando la partida a los estadounidenses. Creo que es más bien al contrario, ha sido Estados Unidos el que ha estado avanzando en el control de grandes y vastas regiones que antes estaban bajo la influencia de Rusia, Irán y otros países hostiles, inclusive China ha venido perdiendo en el juego mundial”.

Luego J. A. F. demuestra lo dicho con una información certera al dibujar el mapa de las implantaciones militares de Estados Unidos alrededor del mundo; señala como el 11 de septiembre de 2001 impulsó Washington, no sólo a intervenir en Afganistán y luego Irak, sino a tejer una cordillera de bases estratégicas en esos dos países, en Pakistán, y en Asia Central en las repúblicas antes soviéticas, en especial en Tadzhikistán y Kirguiztán, sin olvidar la penetración en el Cáucaso ex soviético, en Georgia y Azerbaidzhan. De la misma manera, la OTAN, esa alianza militar un tiempo diseñada para proteger Europa Occidental de una eventual ofensiva soviética, ha absorbido los antiguos sujetos y aliados de la URSS en Europa central: Polonia, Chequía, Slovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumania, los tres países bálticos, y quizá, mañana, Ucrania…

Vladimir Putin ha pasado en los últimos años de ser el mejor aliado de Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001, a ser quién denuncia la amenaza de “la república imperial” para el equilibrio mundial y quien multiplica las gesticulaciones más aparatosas que reales: sacar de la naftalina a los superbombarderos estratégicos de la guerra fría, los del Strategic Air Command soviético, amenazar con orientar sus misiles hacía Polonia o Chequía, no resucita el Pacto de Varsovia. Plantar la bandera rusa en el fondo del Océano Ártico tampoco hace renacer de sus cenizas un fénix soviético; dejar caer un cohete dizque extraviado en territorio georgiano, para amedrentar a esta pequeña nación aliada a EU tampoco sirve para que Rusia vuelva a ser una gran potencia: la realidad es que con todo y su inmenso territorio y sus enormes recursos en hidrocarburos, tiene un PIB que no alcanza el de Italia y sufre una crisis demográfica tan grave que pierde un millón de habitantes al año.

Mi interlocutor argumenta que la amenaza iraní no es creíble porque Irán está casi totalmente cercado por países ligados a unos EU con poderosa flota en el Golfo Pérsico y bases en Afganistán, Pakistán, Georgia, Turquía e Irak. Según él, “Irán da gritos y patadas de ahogado y busca desesperadamente aliados por donde los pueda encontrar; intenta copiar lo que hicieron los norcoreanos”. Concluye que “los norteamericanos también tejen su propia tela, alrededor de Rusia y de Irán”. Silenciosamente, sin ruido, ni declaraciones rimbombantes. Todo lo cual es cierto. No quise decir que Estados Unidos fuesen pusilánimes ante sus enemigos, puesto que mi única pregunta, a la cual no sé contestar, era y sigue siendo: ¿existe la amenaza iraní?

Estados Unidos sigue siendo la “república imperial”, tal como la bautizó Raymond Aron hace medio siglo; como Atenas en su tiempo, como Roma, es la fuerza por definición: la primera economía del mundo, la primera fuerza militar –dicen que su presupuesto Defensa es hoy veinte veces superior al de Rusia, por más que Putin haya cuadruplicado el suyo en los cinco últimos años–; sigue siendo el motor de la ciencia y de la tecnología, así como un imperio mediático. Y sin embargo…

Sin poder contestar a la incógnita iraní, que no deja de ser inquietante y que no tiene solución si no es por la vía pacífica de un cambio interno en Irán, se vale señalar que, sin embargo “todo imperio perecerá” y que, tarde o temprano eso le pasará al imperio informal, al “imperio invisible” norteamericano: en el siglo XIX América Latina formaba parte del “imperio invisible” británico, algo que, en el Cono Sur, duró hasta la segunda guerra mundial. Cuando uno ve, con sus ojos, en el mapamundi la red de bases militares y el centenar de países en los cuales, de una u otra manera, son presentes los soldados estadounidenses, no puede dejar de recordar que los imperios han perecido por su éxito; han muerto de sobrextensión. Llega un momento en que el costo de la defensa, del solo mantenimiento de las posiciones existentes se vuelve agotador. Cuando el imperio chino empieza a construir la Gran Muralla …y no la termina nunca, el final se anuncia. Paul Kennedy lo ha escrito más de una vez: Estados Unidos, en su forma imperial, conocerá el destino de Roma. Muchos años antes, J. B. Duroselle nos anunció la impensable caída de la Unión soviética, pero precisaba con prudencia: no sabemos ni el día, ni la hora, ni el cómo. Y cayó la URSS un buen día de diciembre 1991. Duroselle continuaba diciendo: y después de la URSS, Estados Unidos quedará solo, un tiempo sin rivales, como Roma después de su victoria definitiva sobre Cartago; luego vendrá su caída, lenta o brusca, y nuestros hijos o nietos tampoco conocerán el día y la hora.


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