viernes, 21 de septiembre de 2007

¿Autonomofobia? - José Sarukhán




El concepto de autonomía en las uni-versidades es desconocido en los países europeos con la notable excepción de España. Durante mi rectorado recibí preguntas de colegas rectores del extranjero (en especial de universidades en países de habla inglesa) del significado de la palabra autonomía. Les resultaba confusa e incomprensible. No era fácil explicarlo: equivalía a explicar por qué un organismo tiene que respirar para permanecer vivo.

Para ellos el concepto de universidad es consustancial con la libertad de discusión, análisis y creación del pensamiento humano; por eso en esos países existe el calificativo de universidades confesionales para aquellas que están limitadas por motivos religiosos o filosóficos a ciertas formas y áreas del pensamiento humano.

Tenemos dolorosos ejemplos de ello en nuestro país, unos cercanos en el tiempo, otros afortunadamente lejanos. Las instancias de intervención para abortar o limitar la libertad de pensamiento y de discusión de las universidades en México han tenido diferentes orígenes: desde regímenes autoritarios hasta intereses guber-namentales o religiosos, pasando por la interferencia de partidos políticos y sindicatos universitarios, con intención de bloquear su capacidad como centros críticos de análisis o para usarlas con fines de medro político personal, partidista o corporativo.

Autonomía en el contexto universitario es no más —pero nada menos— que la total libertad que los miembros de la universidad tienen para explorar todos los rincones del pensamiento humano, con pluralidad y tolerancia, y transmitirlos a sus estudiantes, con un sentido de calidad académica y responsabilidad educativa.

No significa eludir normatividades ni marcos jurídicos aplicables a ellas, ni servir como santuarios de quienes quebrantan la ley o como centros de activismo partidista —que no político— y, menos aún, para las instituciones públicas, eludir la obligación de ser solventes ante la sociedad y rendirle cuentas —no sólo financieras— del uso de los recursos públicos a su disposición para el cumplimiento de su tarea académica.

La autonomía, entendida de esta manera, y ejercida con plena libertad y responsabilidad, es la piedra de toque que hace valer a una universidad como institución autónoma. Es al mismo tiempo ejemplo de la utilización del concepto de autonomía, que la sociedad adopta como el fundamento para establecer organizaciones que tienen la responsabilidad de conducir procesos que no pueden ni deben tener influencias ideológicas, partidistas, políticas, religiosas o de intereses económicos, y que tampoco deben estar sujetas al juicio de su “incomodidad” por quienes resulten afectados por sus acciones o decisiones.

Nuevos temas que podrían ser abor-dados por organismos autónomos son el desarrollo sustentable del país o el desempeño funcional de las dependencias gubernamentales.

Varias organizaciones autónomas en México han provisto de servicios fundamentales a nuestra nación. La más antigua es la de las universidades; una segunda, surgida de la experiencia autonómica de la UNAM, es la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; otra es el Banco de México y una de las más recientes es el Instituto Federal Electoral, organismo que ha permitido la confianza social en nuestros procesos electorales.

Es curioso que al menos dos de esas instituciones autónomas sean objeto de ataques y asedios frontales provenientes de diversas fuentes, ciertamente no las más iluminadas y progresistas de nuestro país; en particular el IFE está sujeto a un vaivén de opiniones que lo último que toman en cuenta es su estatus autónomo. No entraré en los detalles de su historia reciente, sólo insistiré que la reforma electoral en discusión debiera reforzar la autonomía del instituto, asegurando que tenga normas internas que la apoyen y procesos de autodepuración y remoción de sus miembros si transgreden sus normas internas.

Tenemos que encaminarnos como nación a demostrar estadios de mayor madurez social que permitan establecer otros organismos realmente autónomos que atiendan facetas centrales para la vida del país, y desterrar la autonomofobia que aún resiste percolada en las rendijas de nuestra sociedad, respetando su integridad e independencia.

Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM


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