jueves, 13 de septiembre de 2007

Ni buenos ni malos, sino el poder - de la columna de Ricardo Aleman




Es una visión maniquea del conflicto que enfrenta a partidocracia y telecracia

Están del mismo lado; democracia y libertad de expresión les importan un cacahuate

La exhibición pública del pasado martes, que en cadena nacional privada mostró a senadores de todos los partidos y concesionarios de radio y televisión —además de periodistas— en un inédito intercambio de opiniones y puntos de vista sobre la reforma electoral, se ha querido presentar como una batalla entre “buenos y malos”, entre defensores y/o impugnadores de la democracia, la transparencia y hasta de libertades como la de expresión.

Para una parte de la opinión pública, los buenos son los senadores de los tres grandes partidos políticos, que cual héroes patrios le arrebataron al diablo mediático no sólo un jugoso negocio a costillas del dinero público, sino la capacidad de someter por igual a partidos, políticos, candidatos y, especialmente, controlar los procesos electorales. Para el otro bando, los buenos son los poderosos barones de los medios, de la radio y la televisión, que en el insólito han lanzado una cruzada contra el demonio de la partidocracia, en defensa de la democracia, la transparencia y la libertad de expresión.

En el fondo, no es más que una visión maniquea del conflicto que enfrenta a esos dos poderes —los de la patidocracia y la telecracia—, porque el problema no es de “buenos y malos”, y menos de “buenos contra malos”, sino que se trata de una lucha de y por el poder, en la que las partes luchan por la transferencia y la retención, respectivamente, de importantes e influyentes porciones de poder, económico y político. Los senadores y sus partidos le quieren arrebatar al poder mediático el negocio electoral y el control político y social de los procesos electorales y de construcción del poder público. Y en el otro extremo, los barones de la radio y la televisión pretenden retener esas fuentes de poder.

Lo demás, los argumentos de unos y otros a favor de la democracia, libertades básicas, transparencia, equidad y hasta en defensa de la libertad de expresión, no es más que aderezo discursivo, demagogia y verborrea que pretende confundir al “respetable” que debió “soplarse” la cadena nacional.

Con una pizca de sensatez y honestidad intelectual, quién puede creer los discursos de los concesionarios en favor de la democracia, la pluralidad, la libertad de expresión y la transparencia —sobre todo el argumento de las dos grandes televisoras, y Televisa en especial—, cuando esos poderosos grupos mediáticos son producto de lo más acabado de la antidemocracia de los regímenes del PRI; cuando gustosos recibieron todo tipo de prebendas y privilegios a cambio de la censura y la cancelación de la libertad de expresión; cuando hoy, en los tiempos de la democracia, censuran sin pudor y llaman a sus empleados y periodistas a esa confrontación mediante la nada sutil presión de la solidaridad por lealtad.

La apertura democrática, hay que recordarlo, comenzó con la apertura de ciertos medios, de la prensa escrita y algunos espacios en la radio, pero no como resultado de una concesión graciosa o gratuita del poder político y mediático, sino como resultado del empuje social y el creciente reclamo de pluralidad informativa, veracidad y crítica. La televisión, casualmente, fue el poder mediático que más se resistió a la democracia, la pluralidad y la libertad de expresión, ya que mantenía vigente su “cordón umbilical” con el poder público. Se abrió cuando invirtió los papeles del poder que lo sometía a un poder al que sometió la televisión.

Pero con la misma pizca de sensatez y honestidad intelectual debemos ver el otro extremo, a los partidos políticos. ¿Quién les cree —cuando hablan de libertad de expresión, de democracia, de transparencia— a los señores Ricardo García Cervantes, del PAN; Pablo Gómez, del PRD; y Jesús Murillo Karam, del PRI, por citar sólo a representantes de los tres grandes partidos? ¿Acaso ya se nos olvidó que García Cervantes fue subsecretario de Gobernación, en los tiempos de Santiago Creel como titular de esa dependencia? ¿Acaso no tiene responsabilidad —por omisión o comisión— en la alianza que hizo posible la ley Televisa, el “decretazo” y la entrega de permisos para casas de juego? ¿Acaso no fue un censor de los críticos de Santiago Creel?

El señor Pablo Gómez es otro caso. ¿O es que ya se nos olvidó que en su calidad de diputado federal y jefe de los diputados del PRD en la pasada Legislatura aceptó sin chistar la negociación con las grandes televisoras para aprobar la ley Televisa en siete minutos, a cambio de que los poderes mediáticos le abrieran sus pantallas y micrófonos al candidato presidencial de su partido?

¿Acaso ya se nos olvidó que el responsable del problema que hoy tiene metida a la democracia electoral en un serio retroceso fue el señor Pablo Gómez, que en 2003, también como diputado federal, quiso reelegir a un consejero del IFE aliado a su causa y llevarlo como presidente? El señor Pablo Gómez, el brillante defensor de las libertades básicas, de la democracia y de las facultades del Congreso, fue el responsable de que el IFE se integrara como quedó actualmente, sólo con el aval del PRI y el PAN. Y ni en ese caso, y menos en el de la aprobación de la ley Televisa, tuvo el valor de hablar de democracia, de libertades, de legalidad y menos de las facultades del Congreso. Y conste que se trata de uno de los próceres de la izquierda mexicana.

Pero falta el PRI. ¿Quién les puede creer a los señores del PRI, a Jesús Murillo, cuando hablan de democracia y libertad de expresión, si su partido, historia y práctica política han sido contrarios a esos valores y libertades? Los caciques del PRI, los maestros de la antidemocracia, los que hicieron de la censura y el ocultamiento todo un arte, hoy se dicen paladines de la democracia y la libertad de expresión. No, presenciamos una lucha de poder, en donde no hay buenos o malos, porque las dos fuerzas están del mismo lado, en la lucha por el poder, y la democracia y la libertad de expresión les importan un cacahuate. Les importa el poder. Lo demás es circo, demagogia.


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