El viernes, en un evento organizado por la revista Líderes Mexicanos, el presidente Calderón pronunció un discurso que no provino de las notas que llevaba preparadas, sino de su ronco pecho. La versión estenográfica que aparece en la página de ls Presidencia confirma este carácter improvisado de la alocución, plagada de anacolutos (fallas propias del habla). Pero es precisamente este carácter lo que nos permite encontrar en estas palabras las verdaderas ideas del Presidente.
Busqué el texto porque las notas de televisión del viernes por la noche mostraban a un Calderón apasionado frente a su público, utilizando expresiones pocas veces oídas de un Presidente: cobardes, imbéciles, agachados… términos que exigían leer bien el discurso.
Después de una introducción y agradecimiento, Calderón plantea, en pocas palabras, la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset, teoría que en nuestro país fue iniciada por Wigberto Jiménez Moreno, pero llevada a alto nivel por don Luis González y González. Con base en esta idea, Calderón recuerda que “hay generaciones y sus minorías selectas que nunca se asumen corresponsables de su tiempo”, dañando a la sociedad. A eso atribuye el Presidente las veces en que México “se ha roto”, las tantas “batallas [que] hemos perdido, cuánto territorio, cuánta mediocridad”.
Con respecto a esas minorías selectas, y al liderazgo, recuerda a T.S. Eliot: “en un mundo de fugitivos, aquellos que se dan vuelta parecerá que están huyendo” (The Famliy Reunion, 1939), y de ahí cita los mandamientos de Gandhi, y se envuelve en una breve confusión de pecados, de donde sale para hacer explícita su preocupación: hay un país de 105 millones de mexicanos “esperando a ver a qué horas hay una fuerza nacional capaz de entenderse y hablar”, y sostiene que existe una minoría capaz de asumir el liderazgo y mover al país en una dirección diferente de la que “nos han enseñado a ser”. Y es ahí en donde aparecen los sonoros adjetivos: el México que se acobarda, quienes no están dispuestos a arriesgar nada, las orugas doctas que terminan siendo pedestal de imbéciles. Calderón cree que existe un México distinto al que “nos enseñó a agacharnos, a resignarnos, a esperar, a criticar y a ver a qué hora pasa una cosa como por arte de magia”.
En esencia, es ese el discurso de Calderón, que me parece muy ilustrativo. No me gusta el aroma católico, casi tufo, del texto, pero eso es un asunto menor. Es mucho más importante la decisión con que el Presidente exige, a los 300 líderes ahí reunidos, asumir la responsabilidad que el liderazgo implica. Lo hace, además, partiendo de una construcción mental muy particular, en donde hay una obligación para con la comunidad, una obligación que no es exclusivamente personal, sino generacional. Calderón llama a su generación a asumir la responsabilidad de mover al país en una dirección totalmente diferente a la que hemos conocido. Y no llama con palabras melosas, propias de la política de siempre. Ahí, al menos, Calderón es congruente: llama con pasión, incluso agresión.
No podría estar en desacuerdo con las ideas centrales del discurso porque de eso mismo he escrito por años. Sí lo estoy, como decía, con la forma. Y un poco con el sujeto, que para Calderón es la minoría selecta, aquella minoría excelente de Gómez Morín. Pero el núcleo del discurso presidencial es crucial: si México ha fracasado durante ya casi 200 años, la culpa no es de nadie más que de nosotros. Y si se acepta el sujeto histórico de Calderón, la culpa es de las minorías privilegiadas que, generación tras generación, han sido incapaces de ser líderes del país, y se han contentado con ser simples parásitos, a veces tan bellos como orquídeas, pero como éstas, parásitos a fin de cuentas.
Para quien tuviese duda de cuál es la base del pensamiento de Calderón, este discurso debe disiparla. Es la visión de un católico ilustrado, pero no es sólo eso. Calderón cree posible transformar el fondo del país, y cree que eso es responsabilidad de la generación entera, aunque principalmente de la minoría selecta de ese grupo de edad.
Parece que, en su ronco pecho, el Presidente está dispuesto a dar la verdadera batalla. La batalla de los muertos, la batalla de la cultura nacional. Ya veremos.
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