martes, 20 de noviembre de 2007

Rumbo al Cenenario del engaño - Macario Schettino




Celebramos mañana 97 años del le-vantamiento de Francisco I. Madero. Es la fecha oficial para recordar eso que llamamos Revolución Mexicana, algo que ocurrió a partir del 20 de noviembre de 1910. En nuestra mitología oficial, se trató de un movimiento del pueblo en contra de sus explotadores, extranjeros muchos de ellos, y de su testaferro y abominable dictador, Porfirio Díaz. Obreros y campesinos, unidos, dirigidos por prohombres como Francisco Villa, Emiliano Zapata, Álvaro Obregón y Venustiano Carranza, lograron terminar la obra iniciada por Madero y sentaron las bases para que, un cuarto de siglo después, Lázaro Cárdenas llevara al clímax este proceso de liberación, nacionalizando la industria petrolera.

En los 50 años que siguieron a esa fecha gloriosa, sin embargo, algo no resultó como debiera. Aunque la retórica oficial siguió siendo la misma, nunca se reflejó en hechos. Ni hubo un presupuesto importante destinado a mejorar la situación de la mayoría de los mexicanos, ni se construyó infraestructura excepcional. No ocurrió nada. Al cerrar el siglo XX, México no había crecido más que el resto del mundo, no habíamos mejorado nuestros indicadores sociales más que el promedio de América Latina, y no teníamos un país de ciudadanos.

Estamos frente a uno de los mayores engaños de la historia, sin duda. La Revolución Mexicana, así como la describía la mitología oficial, jamás ocurrió. No hubo obreros, ni campesinos en las revueltas, por muchos años. No se trató de un levantamiento general contra nadie en particular. Cuando Díaz renuncia a la Presidencia, se rompen las estructuras que dependían de él para mantener el control político, y cientos y miles de pequeñas venganzas, de conflictos personales, de simple bandolerismo, producen lo que entonces se llamó la bola, y años después la Revolución Mexicana.

La interpretación del desorden que siguió a la salida de Díaz, que da un carácter heroico a la guerra civil, inicia con el gobierno de Obregón y culmina con Lázaro Cárdenas. Se construye una explicación que da a los gobiernos emanados de la Revolución una legitimidad basada en su carácter de vanguardia popular. El Nacionalismo Revolucionario, enseñado a las mayorías gracias a los muralistas y artistas gráficos, se convierte en la creencia básica de los mexicanos. Cualquier duda o crítica es rápidamente calificada de reaccionaria y descalificada. Como ocurriría años después en otras partes, “dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”.

Hoy sabemos que no hubo crisis económica antes de la Revolución, sino como resultado de ella. Sabemos que los obreros no fueron partícipes de la Revolución, aunque la aprovecharon para lograr avances laborales. Sabemos que las revueltas agrarias son un efecto de la Revolución, no su causa. Lo que hoy sabemos destruye el mito del porfiriato al mismo tiempo que el de la Revolución. Porque si ésta no tuvo sentido, entonces el otro no fue tan malo.

Aprovechar el centenario para destruir el mito de la Revolución puede ser muy provechoso para México. Buena parte de las decisiones que debemos tomar como país en estos días se detienen porque van contra ese conjunto de creencias. Nuestra idea del país está seriamente dañada con el mito revolucionario. Queremos seguir creyendo que la Revolución hizo bien al país, cuando no fue así. El costo del periodo violento, pero sobre todo el costo del régimen anacrónico que resultó, puede significar hasta tres veces el ingreso que hoy tenemos. Durante el porfiriato, México tenía un ingreso por habitante mayor que Japón, y crecía más. Al final del siglo XX, el ingreso por habitante en Japón es cuatro veces mayor. Eso costó, y sigue costando, la colección de mitos que nos impide modernizarnos.

El siglo pasado, aprendimos en la escuela no lo que necesitábamos para competir, sino los mitos que el régimen necesitaba para sostenerse. Construimos una sociedad que no generaba riqueza, sino que sólo la distribuía, también para sostener a ese régimen. Si hoy nos acabamos el petróleo, si hoy tenemos prebendas sindicales impagables, si tenemos un esquema fiscal insostenible, si nuestros hijos no pueden hacer nada más que “seguir instrucciones simples”, se lo debemos a la Revolución.

El centenario no debe ser un festejo, sino una liberación. Liberarnos del mito nos permitirá construir un país democrático, competitivo y justo.


Powered by ScribeFire.

No hay comentarios: