Es común distinguir educación de cultura. Incluso hay quien separa educación de instrucción, llamando con este nombre a lo que se aprende en la escuela, mientras que se reservan el otro término, educación, para describir las maneras y costumbres de las personas, algo distinto del saber leer y escribir, más cercano al vivir como se debe
No me refiero a eso cuando hablo de cultura. Englobo en esta palabra a las reglas sociales que aprendemos, no a los libros que hemos leído, o la música que escuchamos. Llamo cultura a ese gran conjunto de limitaciones que tenemos desde niños, no porque las traigamos en la sangre, sino porque las aprendemos.
Ciertamente en ese gran grupo están las “buenas costumbres”, como comer con la boca cerrada y usar cubiertos. Pero tampoco es eso lo que me interesa comentar con usted. Además de aprender de niños a comer como personas, aprendemos muchas otras cosas más, fundamentalmente cómo relacionarnos con otras personas, con otros grupos sociales, y con nosotros mismos, con nuestro tiempo.
Este grupo de reglas que llamo cultura es determinante para el tipo de sociedad que puede construirse. Había, hace años, un poemilla llamado “los niños aprenden lo que ven”, que da en el clavo: Más que lo que se lee, o se escucha, es lo que ocurre diariamente lo que se graba en la personalidad de los niños, lo que reproducirán años después. No importa si en la escuela leen acerca de los derechos humanos, mientras el profesor se burla de ellos, o los agrede e insulta. No importa si se habla de democracia, mientras viven el autoritarismo en su casa y en su escuela. De nada sirve hablarle a los niños de las virtudes del trabajo cuando su maestro es un holgazán que cada vez que puede se va a hacer plantones y marchas.
Porque si lo que los niños ven es autoritarismo, holgazanería, dependencia, eso es lo que reproducirán de jóvenes y adultos. Peor todavía, aprenden que no trabajar puede permitirles vivir, como lo hace su maestro, o su padre, con tal de que se sometan al sindicato, o al líder de la colonia. Los más audaces aspirarán a ocupar esas posiciones de liderazgo; los demás, a sobrevivir bajo sus órdenes. Pero nadie aspira a construir riqueza, a respetar a los demás, a entenderlos. ¿Para qué aprender matemáticas si sólo hace falta subordinarse y pedir? ¿Para qué esforzarse en aprender a leer y a hablar, si basta con saber decir que sí? Como lo he dicho en varias ocasiones, no todos los maestros ni todos los padres son así, pero una cantidad muy importante sí lo es. De otra manera no podríamos tener los resultados que tenemos en calidad educativa.
Las reglas que aprendemos desde niños son la base cultural sobre la que funciona la sociedad. La economía y la política están determinadas por esta base cultural, que es más fuerte que ellas. Por eso no importa cuán claro sea que necesitamos producir mejor, nuestra cultura lo impide. Y el pequeño grupo que tuvo la fortuna de tener buenos maestros y padres medianos, al jugar bajo otras reglas, tiene más éxito. No sólo eso, sino que cada vez es mayor la diferencia entre este grupo que es capaz de competir y el otro, el grande, que reproduce las taras sociales que tan bien conocemos.
Hace años, esta diferencia no tenía un impacto tan grande como ahora. Hace años se podía obtener un ingreso razonable sin tener mucho conocimiento, bastaba con algo de fuerza y un poco de entrenamiento. Hoy ya no es así. La mayor parte del trabajo que requiere esfuerzo y pocas instrucciones lo hacen ahora las máquinas. Además, hace décadas había riqueza para repartir. Los líderes sindicales, populares, campesinos, podían enriquecerse y repartir a sus agremiados algunas prebendas. Pero esto ya se acabó, nos acabamos el país.
Ahora tenemos que trabajar, como todos, para construir riqueza. Y esa riqueza sólo puede conseguirse con mejores herramientas y personas más calificadas. Pero la calificación no se obtiene fácilmente, y menos cuando la cultura, es decir, las reglas sociales, van en contra de ello. Es cierto que la inmensa mayoría de los mexicanos cree que la educación es el mejor camino al éxito, pero esa inmensa mayoría no se da cuenta de que la educación no equivale a pasar muchos años en la escuela. Para que esa educación funcione, es necesario construir personalidades que la acepten, y que luchen por ella.
Porque las malas escuelas y los malos maestros sobreviven gracias a la cultura de sometimiento que mantenemos. No se trata de mandar a los hijos a la escuela, sino de que aprendan. Son cosas distintas.
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