Rara vez se sabe el instante en que nace una amistad. No se registra con la precisión de los nacimientos o las muertes.
Casi
nunca hay una hora exacta, día, mes o año que fije en el tiempo el
origen del nudo entre dos amigos. Mucho menos guarda la memoria los
motivos o razones que llevaron a dos desconocidos a unirse con un lazo
de afecto distinto al familiar, erótico o romántico.
La amistad
suele nacer de manera inesperada, en lugares insólitos, en
circunstancias desconcertantes. Un perrito sirvió a Chejov para ligar a
una dama con un caballero afortunado. No son necesarios más ejemplos
cuando se recuerda la amistad de un hidalgo con locura de desfacedor de
entuertos y su pobre vecino analfabeta habilitado de escudero. Hay
mucho de misterio y de química en el encuentro de dos personas y una
suerte de lotería cuando se convierte en amistad como interminable
apretón de manos.
Nos conocimos en diciembre de 1954 cuando entré
al Focolare. “Yo soy César Balsa, ¿me puede dar cinco minutos?”. Una
sorpresa para mí, periodista principiante ante un hombre que labraba ya
la leyenda de su vida. César había sido botones en el hotel Ritz de
Barcelona y llegado peldaño a peldaño a la gerencia del Palace de
Madrid. Allá lo encontró don Manuel Suárez, el rico influyente de la
época, porque cada época tiene los suyos, y lo invitó a venir a México
como capitán del Tampico Club.
Quebró por entonces un restaurante
llamado La Venta de los Títeres en Paseo de la Reforma. César pidió un
crédito al banquero Miki Feldman y compró muebles y cocina del negocio
en remate, para establecer su restaurante, el Focolare, en la esquina
de Niza y Hamburgo, piedra fundacional de la Zona Rosa. Cruzamos la
calle hacia la vieja residencia porfiriana de Hamburgo y Amberes. En el
jardín se construía una enorme concha de concreto. “Esto se lo debo a
usted”, me dijo César mientras sacaba de la bolsa interior de su saco
una página de El Redondel publicada cuatro meses antes. Era mi columna
Antena, con mi caricatura gracias a la cual me identificó, fechada en
La Habana, con la descripción del cabaret Tropicana y el nombre de su
arquitecto: Borges.
Una sorpresa tras otra me tenía pasmado.
“Cuando leí su artículo decidí contratar a Borges para que hiciera algo
similar en México. Ubiqué su oficina. Llamé por teléfono. Estaba en un
entierro. Llamé al día siguiente y le expliqué mi oferta. Usted debe
estar loco, me dijo Borges, para contratarme sin ver mi obra, sin
conocerme, sólo por un artículo periodístico. Tampoco conozco al autor
del artículo, le dije. Entonces me dijo Borges: un loco como usted sólo
puede entenderse con un loco como yo. Acepto, mándeme los planos. Yo
mismo los llevé a La Habana”. Así nació el Jacaranda en el jardín y el
Can Can en la vieja casa, y algo más importante, nuestra amistad.
Vendiendo sopita, era su respuesta al ¿cómo estás? de su clientela.
Su
hotel Presidente en Acapulco fue el primero con mármoles y alfombras.
La perla de su corona fue el Saint Regis de Nueva York, con Salvador
Dalí de huésped permanente. Construyó el Presidente de la Zona Rosa y
le prohibieron llamar Los Pinos al bar, era una irreverencia. Durante
los 53 años de nuestra amistad no sé qué fue más, si el cariño o el
respeto. Lo vi crecer sin abrirse paso a codazos, sin agresiones, ni
ofensas. Fue uno de los grandes creadores de la infraestructura
hotelera y de la industria restaurantera de México. Una de sus 35
empresas fue el hotel del Prado. Levantó en la castellana el más
moderno hotel de Madrid, el Villa Magna. Creó la Cocina del Aire para
líneas aéreas, se encargó de la alimentación de todas las delegaciones
deportivas en la Olimpiada de 1968. Fue presidente de la Asociación
Mexicana de Hoteles y Moteles que, años más tarde, instituyó y mantiene
la Medalla al Mérito Profesional Turístico César Balsa para premiar a
quienes destacan en su oficio.
Tuvieron un hijo, César, y seis hijas, Titi, Eta, la Nena, Mónica y dos que se quedaron en el camino, Mela y Mariela.
Olvidaba
decir que fuimos socios en 1968. Decidimos para la Olimpiada Cultural,
simultánea a la deportiva, abrir durante tres meses y cerrar, una
tienda de pinturas, La Galería de la Zona Rosa. Montamos tres
exposiciones, Siqueiros, Nieto y Tamayo, una por mes. Nos fue bien y
repartimos. Me dijo César una frase, esencia de sabiduría práctica:
“Las amistades no se prueban cuando se asocian sino cuando se
desasocian”. La nuestra no necesitaba pruebas pero pasó la suya y se
conservó hasta el jueves pasado.
En la madrugada hablaron de su
casa y recibí el golpe antes de oír la voz. No quiso dejarse ver por
nadie en su largo deterioro. El acta de defunción anota los últimos
minutos del miércoles como la hora de su muerte. Falso. Había muerto
tres años y cinco meses antes, el día en que murió Carmen, pero no se
lo dijo a nadie. Nos dejó disfrutar un rato más de su presencia,
aparentaba que estaba ante nosotros y mientras escribo lo veo
encendiendo su puro, oigo chocar los hielos que movía con el dedo para
enfriar el vodka y mantener la extraña costumbre sólo suya del medio
tequila en vez de postre. Nunca excedido en el alcohol ni en la broma
dudosa, impecable en su aspecto y en su trato, medido en el triunfo,
paciente en la adversidad, así lo recordaré.
Me queda otro dedo inútil en la mano de contar amigos.
Powered by ScribeFire.
No hay comentarios:
Publicar un comentario