La sistemática subvaluación de la moneda china —reflejada en su enorme superávit comercial (de 194 mil 210 millones de dólares en 2006) y en su gigantesco superávit de cuenta corriente (227 mil 210 millones de dólares en ese año)— ha provocado creciente inquietud entre las demás potencias económicas del planeta. De hecho, durante la reunión de ministros de finanzas y banqueros centrales del Grupo de los Siete (Alemania, Canadá, EU, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón), realizada hace unos días en Washington, afloraron una vez más las presiones para que China revalúe su moneda. En su comunicado oficial, el G-7 señaló: “Recibimos con beneplácito la decisión de China de incrementar la flexibilidad de su moneda, pero desde el punto de vista de su creciente superávit de cuenta corriente y su inflación nacional, subrayamos la necesidad de permitir una apreciación acelerada de su tipo de cambio real” (Reuters, 19/X/07). Previamente, en su reunión de abril, el G-7 había declarado “deseable un ajuste de las tasas de cambio, especialmente la de China, para reducir los desequilibrios por cuenta corriente”.
Sin embargo, China no ha mostrado disposición de moverse al ritmo sugerido desde el exterior. Poco antes de la reunión del G-7 en Washington, un funcionario del banco central chino recordó que “China siempre ha tomado la posición —repetida tres días antes por el presidente Hu Jintao— de que se moverá gradualmente y a su propia velocidad sobre las reformas monetarias y económicas” (Reuters, 19/X/07). Este ha sido, ciertamente, un rasgo característico de su estrategia económica desde tiempos de Deng Xiaoping.
De hecho, desde que China abandonó (en julio de 2005) su régimen de paridad fija con el dólar estadounidense (8.28 yuanes por dólar), el yuan apenas se ha apreciado 10% frente al dólar, manteniendo una enorme subvaluación cambiaria que se refleja en su balanza comercial (cuyo superávit alcanzó los 229 mil 168 millones de dólares en el primer semestre de 2007), así como en el superávit de su cuenta corriente (que ascendió a 271 mil 738 mdd en igual periodo).
Ahora bien, para evitar que este torrente de divisas en balance corriente genere un proceso de apreciación acelerada del yuan, China ha aplicado una estrategia de “resistir las presiones alcistas comprando los dólares que entran al país con yuanes, y luego extrayendo los fondos locales del sistema mediante la venta de certificados del banco central, en un proceso denominado esterilización” (R. McGregor, “Aumentan las presiones sobre la moneda china”, página del Financial Times, en EL UNIVERSAL, 30/X/07). Así, China ha conciliado su política de subvaluación cambiaria con una política de bajas tasas de interés internas: su tasa bancaria se ha mantenido constante en 3.33% anual desde 2003 hasta el presente (muy abajo de la estadounidense), apuntalando de este modo su extraordinario coeficiente de inversión (en maquinaria, equipo y construcciones), que supera 40% del PIB. La razón es sencilla: las políticas macroeconómicas de China —a diferencia de México— han estado consistentemente orientadas al crecimiento económico acelerado y sostenido, y no a la estabilidad de precios como objetivo prioritario a ultranza.
De hecho, la sistemática aplicación de una política de subvaluación cambiaria como palanca relevante de la competitividad-precio de sus productos ha sido elemento nodal de la fortaleza económica y la competitividad internacional de China, de manera que desde 1989 hasta el primer semestre de 2007 acumuló un superávit comercial de 954 mil 368.3 mdd, así como un superávit en cuenta corriente de 968 mil 709 mdd. Este es precisamente el indicador estructural de una moneda nacional subvaluada.
En contraste, la política cambiaria en México —desde el llamado Pacto de Solidaridad Económica hasta el presente, con excepción del bienio 1995-1996— ha sido sistemáticamente utilizada como instrumento antiinflacionario, en vez de ser utilizada como palanca relevante de la competitividad-precio de los productos nacionales. En consecuencia, la sobrevaluación del peso ha sido la regla (exceptuando el indicado bienio), de manera que desde 1989 hasta el primer semestre de 2007, México acumuló un déficit de cuenta corriente de 222 mil 805.5 mdd, así como un déficit comercial de 113 mil 289.8 mdd (o de 270 mil 537.1 mdd, si descontamos los ingresos petroleros extraordinarios). Es el signo incuestionable de una moneda sistemáticamente sobrevaluada, como resultado natural de una estrategia macroeco-nómica que erige la estabilidad de precios en objetivo prioritario a ultranza, utilizando el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria.
Con sobrada razón, los fabricantes mexicanos están con los pelos de punta ante el próximo fin de la “Cláusula de Paz”, id est, ante la inminente liberalización completa del comercio con China, pactada en la OMC para diciembre de este año. Pero lo que no saben es que el remedio —para éste y otros males— lo tenemos en casa: utilizar la política cambiaria como instrumento de la competitividad-precio de los productos nacionales y, en consecuencia, como palanca del crecimiento acelerado y sostenido del producto nacional y del empleo.
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