martes, 13 de noviembre de 2007

Ganan Calderón y Cárdenas




El gobierno entendió que a partir de Michoacán podría ser reconocido por un sector del perredismo

La corriente de ‘los chuchos’ arrebató a Andrés Manuel López Obrador el control de esa entidad

Las
victorias o las derrotas electo- rales no siempre suelen ser victorias
o derrotas políticas. Hay ocasiones en que una derrota electoral se
convierte en una victoria política, sobre todo cuando lo que está en
juego va más allá de la fuente de poder que se pelea en las urnas.

Y
ese parece ser el caso de las elecciones que se llevaron a cabo en
Michoacán el pasado domingo, en donde si bien los tres grandes partidos
nacionales disputaron el gobierno estatal, las 118 alcaldías y el
Congreso local, por lo menos dos de ellos —el PAN y el PRD— se jugaban
muchas otras cartas, políticamente más valiosas, que se entreveraron en
esa muy peculiar elección. ¿Cuáles eran las cartas de uno y otro
partidos?

En el primer caso, el del PAN, está claro que resultaba
apetitoso obtener una victoria electoral en el simbólico estado donde
nació la izquierda mexicana de hoy, además de que Michoacán es el
terruño del presidente Calderón y del futuro presidente de Acción
Nacional, Germán Martínez Cázares. También es cierto que por esas y
otras razones eran propicias las condiciones político-electorales para
que los azules se alzaran con un triunfo que habría sido histórico, por
todo el simbolismo que encierra la cuna del PRD.

Pero resulta que
en la casa presidencial y en la entrante dirigencia del PAN las
prioridades eran otras, de mucho mayor valor político que un gobierno
de cuatro años, algunas alcaldías y posiciones en el Congreso local.
Entre esas prioridades destaca una que, para el gobierno de Calderón,
está entre sus mayores preocupaciones: la gobernabilidad, entendida
como la aceptación legal y legitimación de su gobierno por parte de
todas las instituciones políticas del Estado mexicano; por los
partidos, pues.

Todos saben que luego de julio de 2006, el PRD y
sobre todo su entonces líder principal regatearon legalidad y
legitimidad al gobierno de Calderón, al grado de poner en riesgo
precisamente la gobernabilidad, la capacidad del nuevo gobierno para
alcanzar consensos que se traduzcan en una gestión eficaz. De esa
manera, más que una victoria electoral en Michoacán, el gobierno de
Calderón entendió que a partir de ese proceso electoral tenía muchas
posibilidades de ser reconocido, en los hechos, por un importante
sector del PRD, especialmente aquel que se acredita como fundador de
los amarillos.

En sentido contrario, si Calderón y el PAN se
hubiesen empeñado en ganar Michoacán a toda costa —y hasta como suponen
algunos ingenuos, con el despliegue del magisterio—, lo único que
habría conseguido sería la unificación del PRD, de los liderazgos de
Andrés Manuel López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que a la postre
habría reavivado la polarización entre la derecha y la izquierda con
resultados fatales para el gobierno de Calderón, ya que estaría latente
el fantasma de la ingobernabilidad. Por eso, una vez iniciadas las
campañas electorales, los estrategas de Los Pinos le apostaron al muy
coloquial pero eficaz “divide y vencerás”.

Así, se enviaron los
mensajes pertinentes, muchos de ellos públicos, de que el PAN
michoacano combatiría con todo la intromisión de López Obrador en ese
proceso electoral, pero “anclaría” a su candidato al gobierno estatal
si el tabasqueño era relegado. En pocas palabras, que el PAN estaba
dispuesto a un acuerdo político —modalidad de las cuestionadas
concertacesiones que tanto cuestionó la izquierda en torno de los
acuerdos PRI-PAN—, para dejar libre el camino al PRD michoacano
identificado con los Cárdenas. ¿A cambio de qué sería ese acuerdo? De
lo que todos vimos, leímos y escuchamos: del reconocimiento público de
la legalidad del gobierno de Calderón, por un lado, y de potenciales
acuerdos legislativos, por el otro.

Esa negociación —que se dio a
la vista de todos y que no puede ser negada por todo político que se
asuma como serio— a la postre radicalizó la confrontación entre el
grupo hegemónico del PRD, Nueva Izquierda, con el de AMLO, los que
casualmente pelean por la dirigencia del partido.

Pero el asunto
va mucho más lejos —a pesar de que en una burda maniobra de control de
daños el senador Carlos Navarrete insista en que la ausencia de AMLO en
la campaña de Leonel Godoy fue parte de una estrategia pactada, más que
una división y menos un choque—, si se toma en cuenta precisamente la
trascendencia de los comicios michoacanos, y que son una escala
obligada por la que transitará la elección del nuevo presidente del
PRD. Es decir, en Michoacán se dio la primera señal de la encrucijada
de caminos a la que se enfrentarán los amarillos en los meses y años
por venir. Y es que hasta el más desmemoriado sabe de la feroz guerra
que por la dirigencia de los amarillos libran Nueva Izquierda y AMLO.

De
esa manera, y ante la posibilidad de que el PAN se alzara con el
triunfo en Michoacán, el candidato Leonel Godoy debió refugiarse en el
cardenismo —corriente a la que traicionó al aliarse a López Obrador,
quien lo impulsó contra el propio candidato de Cárdenas—, y estaba
obligado a desprenderse del lastre en que se ha convertido AMLO. Y
Godoy hizo lo que tenía que hacer para ganar el gobierno michoacano,
incluso reconocer de manera pública la legalidad del gobierno de
Calderón.

Pero esa estrategia ganadora dio como resultado otra
mutación política entre los amarillos, que pudiera ser fundamental para
el grupo de Nueva Izquierda. Resulta que en el periplo michoacano Los
Chuchos se aliaron de manera temporal con la dinastía Cárdenas, con lo
que no sólo le arrebataron a López Obrador el control de esa entidad,
sino que metieron a los propios Cárdenas a la pelea por la dirigencia
del PRD, y hasta garantizaron un lugar de esa dinastía en la lucha
presidencial de 2012. Por eso resulta de risa, y hasta ofende al
sentido común, que en una poco eficaz maniobra de control de daños,
algunos perredistas insistan en que la ausencia de AMLO en Michoacán
fue pactada como un movimiento estratégico. Por más vueltas que le den
al asunto, en el fondo un sector del PRD participó en una moderna
versión de las concertacesiones.

Y al final de cuentas lo cierto
es que los dos grandes ganadores del proceso electoral michoacano son,
por un lado, el presidente Calderón, que desactivó la beligerancia de
un importante sector de sus adversarios políticos, consiguió
importantes márgenes de gobernabilidad y de potenciales acuerdos en el
Congreso, y por el otro el clan de los Cárdenas.



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