martes, 20 de noviembre de 2007

El futuro de AMLO - Leonardo Curzio




AMLO es un buen lector de temas políticos y sabe que la gran enseñanza de Churchill es que siempre hay vida después de las grandes crisis y que una vez que se serenen los ánimos, se hagan algunas modificaciones (Churchill cambió varias veces de partido a lo largo de su trayectoria) y el contexto vuelva a ser propicio, un político al que se daba por muerto, puede resurgir. AMLO ha pasado el peor año de su vida. Tras perder las elecciones no ha encontrado consuelo ni ubicación; sus decisiones han sido polémicas y su negativa a aceptar su propia responsabilidad en su derrota lo han llevado a circular por la ruta del autoengaño y ha preferido seguir nutriendo la mitología del fraude, ahora hasta en las pantallas del cine, en lugar de aceptar que las elecciones fueron en efecto un asco al que él mismo contribuyó con singular dedicación.

Sus partidarios pasan como sobre ascuas sobre las elecciones en el DF, que no pasan una prueba de pureza, su gasto en televisión con programa propio incluido, su apoyo a la ley Televisa y sus alianzas con sectores que despiertan la más amplia desconfianza, son cosas que le restan autoridad moral para formarse en la fila de los puros. Su lugar está en la fila de los que deben entonar la autocrítica y aportar soluciones.

No veo cómo rodearse de un séquito de politicastros que practican el mexicanísimo servilismo (magníficamente descrito en una novela de Álvaro Uribe sobre el atentado a Porfirio Díaz) pueda considerase algo benéfico para un líder que quiere cambiar el país. AMLO sabe, y lo sabe bien, que hoy representa un problema para un sector importante de su partido y especialmente para Marcelo Ebrard al que se empeña en presentar como su subordinado, como en su momento lo hizo con Alejandro Encinas, un político con un talante conciliador y afable, a quien restó autoridad en su función de jefe de Gobierno. Disminuir la fuerza de sus mejores hombres para reforzar la noroñización de la izquierda es dramático. La izquierda necesita más Ebrard y más Encinas y menos sospechosas alianzas con radicales irredentos.

El tabasqueño no ignora que las horas bajas de hoy pueden ser las horas altas del mañana, que los buenos números de Calderón algún día cambiarán y que él puede estar allí esperando para atrapar a los “desencantados”. El punto débil de su estrategia, me parece, es que su apuesta principal es que al país le vaya mal y ese es un grave error. En Tabasco habrá que ver cómo quedan las cuentas, pero es difícil —incluso a sus más leales— negar que pretenda lucrar políticamente con la desgracia. Por otro lado, mientras más duro se plantee el escenario económico, la izquierda reduce paradójicamente sus posibilidades de llegar al poder por la enorme desconfianza que supone su manejo económico y su cada vez peor disimulado prejuicio antiempresarial. ¡Qué alto se está poniendo a sí mismo el listón para regresar al centro político y presentarse como un reformista proclive a proteger a los más débiles!

No creo que AMLO sea un vividor de la política. Cree firmemente en sus ideas, pero no se ha percatado de que desde hace más de dos años es otro. Ha cambiado tanto de talante, formas y actitud que su firmeza se emparentó con la obstinación. El agudo político que algún día fue no ha vuelto, su personalidad sigue dominada por el veleidoso líder electoral que se mostró entre el 2005 y 2006. Yo creo que AMLO se merece un reencuentro consigo mismo, pero mientras esté rodeado de serviles y oportunistas veo difícil que el tabasqueño comprometido con su país, exorcice al presidente que no es.


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