jueves, 8 de noviembre de 2007

El fraude educativo - Macario Schettino




El factor de producción que genera más valor agregado es el
conocimiento. El proceso más común para obtener conocimiento es la
educación, específicamente la que ocurre en la escuela

De
manera intuitiva, los mexicanos saben esto desde hace mucho tiempo, y
por ello intentan darle un futuro mejor a sus hijos a través de la
educación escolarizada. Sin embargo, ir a la escuela no garantiza nada,
según hemos visto en colaboraciones recientes.

Si los niños van a
la escuela, y nada más, lo más probable es que terminen su educación
básica, es decir, que salgan de secundaria sin saber hacer
absolutamente nada. Como ya sabe usted, dos terceras partes de los
jóvenes que salen de ese nivel no pueden hacer más que seguir
instrucciones simples, resolver problemas elementales contando con toda
la información y leer documentos sencillos. Cerca de 80% de los jóvenes
mexicanos logran terminar esos primeros nueve o 10 años de educación,
pero sólo un tercio de ellos (es decir, 25% de todos los jóvenes) en
realidad ha obtenido algo en la escuela.

Tres cuartas
partes de los jóvenes se quedan rezagados, y su esperanza es conseguir
alguna oportunidad que no requiera demasiado esfuerzo mental, porque no
han logrado construir una base sólida para ello. Nadie puede decir que
sean menos inteligentes que los demás, pero cuando alguien llega a los
15 o 16 años sin esas bases sólidas, le será muy difícil competir por
un empleo decente. Sin embargo, más de 80% de los jóvenes que terminan
secundaria pasan a media superior, pero la falta de bases provoca que
casi la mitad no termine ese nivel. Pero algunos logran terminar, a
pesar de que tampoco tenían conocimientos básicos para ello. Tal vez
usted recuerde los exámenes que se utilizan para ubicar a los jóvenes
en media superior, en donde quienes tienen mejores resultados se van a
las escuelas que ellos eligen, mientras que quienes obtienen puntajes
insuficientes son asignados a donde se pueda.

Algo similar
ocurre en la educación superior, pero en este nivel existe una gran
oferta privada, no toda de buena calidad. Y es aquí en donde el fraude
educativo de este país llega a un nivel insoportable. Un joven que no
tuvo buena educación básica, y que a muy duras penas logró terminar la
media superior, se inscribe en alguna de las universidades patito
creyendo que con eso bastará para poder competir por un puesto de
trabajo en el futuro.

Pero no será así. Esa universidad le
quitará cuatro o cinco años de vida, y algunos miles de pesos cada año,
para que al final el joven descubra que su título no tiene ningún valor
en el mercado, aunque sí lo tenga oficialmente. La distribución de
registros de validez, tanto federales como estatales, en algún momento
se fue de las manos, y hoy lo único que se hace para tratar de corregir
es establecer organismos de “certificación” que, en muchos casos, sólo
servirán para cobrar.

Al término de 16 o 18 años de
esfuerzo, la familia que ha financiado la educación de un joven,
esperanzada en obtener un futuro mejor, se encuentra con que tiraron a
la basura el tiempo y el dinero. Es entonces cuando se dan cuenta de
que el mercado sí tiene fuerza, y que no importa lo que diga la
propaganda del gobierno o de las universidades; para obtener un buen
empleo no basta un título, sino que se requieren habilidades y
competencias que la escuela no les dio.

En este gravísimo
problema hay, sin ninguna duda, una gran responsabilidad del Estado. A
diferencia de lo que ocurre con el mercado de autos, computadoras, o
cosas parecidas, en donde cada comprador se debe cuidar, en el caso de
la educación, como con cualquier bien o servicio que se compra en
plazos largos, el Estado debe vigilar el mercado y facilitar el flujo
de información. Y hoy esto no está ocurriendo.

A grandes
números, salen 2.2 millones de niños de primaria, y terminan la
secundaria poco más de 1.6 millones. Entran a media superior millón y
medio, pero salen apenas 900 mil, de los cuales 800 mil estudiaron
bachillerato y pueden ingresar a la universidad. Sólo lo hacen 550 mil,
de los cuales cerca de 400 mil terminarán sus estudios. Pero como no se
abren 400 mil empleos de profesionista cada año, el precio de esos
empleos (el primer salario) se ha reducido. Quienes entran a trabajar,
si tienen bases sólidas, en poco tiempo ganan más dinero, pero para la
mayoría no será así.

Al final, tenemos jóvenes muy
resentidos porque dedicaron muchos años y dinero a obtener un título
que no les permite vivir mejor. Y no se van a culpar a sí mismos por no
haber exigido mejor educación durante su vida. Van a culpar al gobierno
y a la sociedad.



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