A mediados de diciembre de 2006, una querida amiga mía —la
periodista María Elena Cantú— se comunicó conmigo para encargarme, a
nombre de la editorial Norma, un libro sobre los primeros 100 días de
gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa.
Se trataba de
un trabajo complicado ya que el texto debía escribirse casi al mismo
tiempo en que ese periodo transcurría. Al principio dudé en aceptar ya
que el esfuerzo me obligaría a desatender otras actividades
profesionales. Con todo, el reto terminó por convencerme y asumí el
compromiso. Durante tres meses trabajé sin descanso para llegar a
tiempo a la cita propuesta.
Ya avanzada la aventura en la que me
había embarcado, tuve una conversación que me produjo preocupación. En
una cena de amigos conversé con Raymundo Riva Palacio, quien me comentó
que Norma no era una casa editorial de la que uno pudiera fiarse. Me
advirtió que tiempo atrás esa empresa había encargado un libro sobre
los parientes de Vicente Fox Quesada a la periodista Anabel Hernández,
el cual terminó siendo rechazado por afectar los intereses
empresariales de Norma.
Producto de esta decisión, La familia
presidencial fue publicado por Random House Mondadori. Al conocer este
hecho pedí de inmediato una reunión con quienes me hubieran contratado.
En ella, la directora editorial, Claudia Islas Licona, me aseguró que
aquel episodio había ocurrido durante una administración distinta de la
empresa y que de ningún modo su casa se atrevería a censurar mi trabajo
si éste estaba fundamentado en datos comprobables.
Aproveché la
conversación para advertir que el libro que estaba escribiendo versaba
sobre temas complicados; particularmente respecto de la líder del
magisterio nacional, Elba Esther Gordillo Morales, y de su relación
política con el nuevo presidente de la República, Felipe Calderón
Hinojosa.
La señora Islas, en presencia de María Elena Cantú, me
aseguró que Norma no tenía por costumbre lesionar la libertad de
expresión de sus autores. Afirmó que Riva Palacio estaba mal informado
de la situación relacionada con el texto de Anabel Hernández.
Ingenuamente,
esta charla informal me pareció suficiente garantía para finalizar
Calderón, bajo la lupa, texto que, al pasar de las semanas, fui
entregando conforme los distintos capítulos estuvieron terminados.
Días
antes de que el libro entrara a imprenta apareció en el administrador
de mi correo electrónico el siguiente mensaje firmado por la señora
Islas: “Hace unos minutos hablé con Luis Carlos y María Esther de Norma
y comentamos ampliamente lo que detectaron en el capítulo sobre Elba
Esther. El capítulo está demasiado centrado en la persona de Elba
Esther y en menor medida en las acciones que ha tomado y tomará
Calderón con base en su relación con ella. Habría que matizar el
lenguaje… Esto definitivamente dañaría la relación que tiene Norma con
la SEP.”
Un tanto cuanto sorprendido por la misiva llamé de
inmediato a María Elena Cantú y le dije que quería reunirme con el
director de la editorial. Estaba dispuesto a considerar algunas de las
observaciones señaladas siempre y cuando fueran respetados los
argumentos centrales del capítulo referido.
La cita con los
directivos de la editorial fue al día siguiente en un café de la
colonia Polanco. Abrí la conversación explicando que era muy difícil
hablar de la nueva coalición de gobierno de Felipe Calderón si no se
mencionaba el papel político jugado por la profesora Elba Esther
Gordillo Morales.
Comenté, sin embargo, que si ellos detectaban
algún adjetivo sobrante o un hecho que no estuviera fundamentado,
estaría dispuesto a revisar el capítulo conflictivo; pero me mantuve
firme en la decisión de no sacar ese apartado crucial del cuerpo del
libro.
Amablemente, Luis Carlos Gil —el director de esta
editorial colombiana en México— respondió que mi petición resultaba
imposible para su empresa. Me dijo que Norma tenía negocios con la
Secretaría de Educación Pública por un monto aproximado de 4 millones
de dólares, y que no estaba dispuesto a perder ese ingreso por publicar
un libro que pudiera hacer enojar a la líder del sindicato nacional del
magisterio.
Respondí que no podía acceder a retirar el capítulo
tres. Hacerlo sería tanto como resignarme a aceptar que la vida
democrática en México había cambiado muy poco.
Ya que nos
encontrábamos en un callejón sin salida propuse que me liberaran del
compromiso que meses atrás había yo firmado. Acto seguido, María Elena
Cantú presentó también su renuncia. Argumentó que ella poseía un
prestigio como periodista y que no estaba dispuesta a extraviarlo por
esta arbitrariedad. Si el libro no podía ser publicado por razones
políticas, ella prefería dar por terminada su relación laboral.
Salimos
de esa reunión con el ánimo maltrecho y con un libro entre las manos
que estaba a punto de irse a la basura. ¿A qué otra casa editorial
podría interesarle ese manuscrito sobre los primeros 100 días del
gobierno de Calderón Hinojosa, cuando el día 112 ya estaba corriendo?
En
todas partes el trato fue cordial, pero la respuesta que recibimos, tal
como lo habíamos previsto, resultó negativa. De salir el libro a la
venta hacia mediados del mes de abril, el mercado de los lectores que
consumen este tipo de materiales se habría reducido considerablemente.
Un
par de semanas después recibí una contraoferta. A Braulio Peralta, uno
de los editores más respetados en México, quien trabaja para la
editorial Planeta, se le ocurrió la peregrina idea de echar el resto de
los capítulos de Calderón bajo la lupa al basurero, con el objeto de
que el multicitado capítulo 3 se ampliara para convertirse en un nuevo
libro.
Así son las paradojas de este oficio: en Norma sólo me
habían censurado un capítulo y ahora Braulio me ofrecía rescatarlo con
la condición de dejar fuera lo demás.
Dos días después de la
conversación con mi nuevo y solidario editor, comenzó la larga jornada
que me condujo a escribir una biografía política sobre la profesora
Elba Esther Gordillo Morales: Los socios de Elba Esther. Texto que
estará a la venta en librerías hacia finales de esta semana.
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