lunes, 12 de noviembre de 2007

César Balsa - Jacobo Zabludovsky

César Balsa



Rara vez se sabe el instante en que nace una amistad. No se registra con la precisión de los nacimientos o las muertes.

Casi
nunca hay una hora exacta, día, mes o año que fije en el tiempo el
origen del nudo entre dos amigos. Mucho menos guarda la memoria los
motivos o razones que llevaron a dos desconocidos a unirse con un lazo
de afecto distinto al familiar, erótico o romántico.

La amistad
suele nacer de manera inesperada, en lugares insólitos, en
circunstancias desconcertantes. Un perrito sirvió a Chejov para ligar a
una dama con un caballero afortunado. No son necesarios más ejemplos
cuando se recuerda la amistad de un hidalgo con locura de desfacedor de
entuertos y su pobre vecino analfabeta habilitado de escudero. Hay
mucho de misterio y de química en el encuentro de dos personas y una
suerte de lotería cuando se convierte en amistad como interminable
apretón de manos.

Nos conocimos en diciembre de 1954 cuando entré
al Focolare. “Yo soy César Balsa, ¿me puede dar cinco minutos?”. Una
sorpresa para mí, periodista principiante ante un hombre que labraba ya
la leyenda de su vida. César había sido botones en el hotel Ritz de
Barcelona y llegado peldaño a peldaño a la gerencia del Palace de
Madrid. Allá lo encontró don Manuel Suárez, el rico influyente de la
época, porque cada época tiene los suyos, y lo invitó a venir a México
como capitán del Tampico Club.

Quebró por entonces un restaurante
llamado La Venta de los Títeres en Paseo de la Reforma. César pidió un
crédito al banquero Miki Feldman y compró muebles y cocina del negocio
en remate, para establecer su restaurante, el Focolare, en la esquina
de Niza y Hamburgo, piedra fundacional de la Zona Rosa. Cruzamos la
calle hacia la vieja residencia porfiriana de Hamburgo y Amberes. En el
jardín se construía una enorme concha de concreto. “Esto se lo debo a
usted”, me dijo César mientras sacaba de la bolsa interior de su saco
una página de El Redondel publicada cuatro meses antes. Era mi columna
Antena, con mi caricatura gracias a la cual me identificó, fechada en
La Habana, con la descripción del cabaret Tropicana y el nombre de su
arquitecto: Borges.

Una sorpresa tras otra me tenía pasmado.
“Cuando leí su artículo decidí contratar a Borges para que hiciera algo
similar en México. Ubiqué su oficina. Llamé por teléfono. Estaba en un
entierro. Llamé al día siguiente y le expliqué mi oferta. Usted debe
estar loco, me dijo Borges, para contratarme sin ver mi obra, sin
conocerme, sólo por un artículo periodístico. Tampoco conozco al autor
del artículo, le dije. Entonces me dijo Borges: un loco como usted sólo
puede entenderse con un loco como yo. Acepto, mándeme los planos. Yo
mismo los llevé a La Habana”. Así nació el Jacaranda en el jardín y el
Can Can en la vieja casa, y algo más importante, nuestra amistad.

Vendiendo sopita, era su respuesta al ¿cómo estás? de su clientela.

Su
hotel Presidente en Acapulco fue el primero con mármoles y alfombras.
La perla de su corona fue el Saint Regis de Nueva York, con Salvador
Dalí de huésped permanente. Construyó el Presidente de la Zona Rosa y
le prohibieron llamar Los Pinos al bar, era una irreverencia. Durante
los 53 años de nuestra amistad no sé qué fue más, si el cariño o el
respeto. Lo vi crecer sin abrirse paso a codazos, sin agresiones, ni
ofensas. Fue uno de los grandes creadores de la infraestructura
hotelera y de la industria restaurantera de México. Una de sus 35
empresas fue el hotel del Prado. Levantó en la castellana el más
moderno hotel de Madrid, el Villa Magna. Creó la Cocina del Aire para
líneas aéreas, se encargó de la alimentación de todas las delegaciones
deportivas en la Olimpiada de 1968. Fue presidente de la Asociación
Mexicana de Hoteles y Moteles que, años más tarde, instituyó y mantiene
la Medalla al Mérito Profesional Turístico César Balsa para premiar a
quienes destacan en su oficio.

Tuvieron un hijo, César, y seis hijas, Titi, Eta, la Nena, Mónica y dos que se quedaron en el camino, Mela y Mariela.

Olvidaba
decir que fuimos socios en 1968. Decidimos para la Olimpiada Cultural,
simultánea a la deportiva, abrir durante tres meses y cerrar, una
tienda de pinturas, La Galería de la Zona Rosa. Montamos tres
exposiciones, Siqueiros, Nieto y Tamayo, una por mes. Nos fue bien y
repartimos. Me dijo César una frase, esencia de sabiduría práctica:
“Las amistades no se prueban cuando se asocian sino cuando se
desasocian”. La nuestra no necesitaba pruebas pero pasó la suya y se
conservó hasta el jueves pasado.

En la madrugada hablaron de su
casa y recibí el golpe antes de oír la voz. No quiso dejarse ver por
nadie en su largo deterioro. El acta de defunción anota los últimos
minutos del miércoles como la hora de su muerte. Falso. Había muerto
tres años y cinco meses antes, el día en que murió Carmen, pero no se
lo dijo a nadie. Nos dejó disfrutar un rato más de su presencia,
aparentaba que estaba ante nosotros y mientras escribo lo veo
encendiendo su puro, oigo chocar los hielos que movía con el dedo para
enfriar el vodka y mantener la extraña costumbre sólo suya del medio
tequila en vez de postre. Nunca excedido en el alcohol ni en la broma
dudosa, impecable en su aspecto y en su trato, medido en el triunfo,
paciente en la adversidad, así lo recordaré.

Me queda otro dedo inútil en la mano de contar amigos.



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Los irresponsables, otra vez - Macario Schettino

Alguna vez ya lo habíamos comentado en este espacio: éste es un país
de irresponsables. La tragedia en Tabasco me parece que es gran
evidencia de ello, por su origen, por lo que hoy ocurre y espero que no
por lo que habrá de seguir.

En un país que por tantos años ha
vivido bajo un régimen autoritario y vertical, es costumbre achacar los
males a los gobiernos, y particularmente al Presidente, que por mucho
tiempo pareció todopoderoso. Esta característica del régimen de la
revolución, fue una de las que impidieron la ciudadanización de la
sociedad, porque nos mantuvo en un perpetuo estado infantil. Nunca
había un responsable de nada, porque todo era parte del Estado. Nos
pasamos el siglo XX siendo irresponsables, es decir, infantes a los que
todo les ocurría y nada podían hacer para evitarlo.

No
quiero decir que la tragedia de Tabasco pudo haber sido evitada con dos
o tres pequeñas medidas, porque eso no es correcto. Inundaciones
ocurren en muchas partes, con frecuencia catastróficas. Pero sólo en
países de irresponsables pone uno a vivir a un millón de personas en un
pantano que seguramente se inundará. La diferencia con los países de
adultos es ésa: no que no ocurran desastres, sino que la población se
hace responsable de reducir los riesgos.

Acá los políticos
rápidamente han culpado a sus congéneres: que si los gobernadores
anteriores, que si el presidente anterior, que si las paraestatales. Y
es perfectamente posible que cada uno tenga una pequeña parte de culpa,
pero hay que sumarle a los líderes que promovieron construcción de
vivienda, a otros políticos locales que dieron permisos a sabiendas de
las amenazas, a los miles de personas que aceptaron vivir en zonas
claramente problemáticas y que, como lo hemos hecho por cientos de
años, aguantaron los riesgos porque así se acostumbra. Y a los miles
que no hicieron caso a los anuncios de la inundación, que les hubiera
permitido rescatar algunos bienes y evitar el trauma de huir en medio
del agua.

Sin menospreciar la irresponsabilidad de los
políticos, también hay que asumir la que tiene la sociedad. Porque no
sólo en Villahermosa hay viviendas en zonas de muy alto riesgo, las hay
en prácticamente todas las ciudades grandes del país y en muchas
medianas. Y no sólo en Villahermosa se ha construido una ciudad en
donde no hay manera de mantener servicios públicos, salvo a costos
excesivos. Y no nada más tenemos riesgos de inundaciones, sino que
tenemos una perpetua actitud irresponsable en todas direcciones.

No
tratamos el agua que desechamos, no cuidamos los bosques, no separamos
la basura. Vaya, ni siquiera la tiramos donde se debe, sino por donde
vamos pasando. Y todo eso cuesta, y mucho. No somos responsables
siquiera con nuestra salud y la de nuestros hijos, y por eso somos uno
de los países con mayor obesidad, y en consecuencia con mayores riesgos
de diabetes, lo que implica mayores costos de salud pública. Para
terminar la letanía, ni siquiera nos hacemos responsables de la
educación de nuestros hijos y, en consecuencia, seguimos soportando la
actitud criminal de los profesores que destruyen la vida de los jóvenes
al dejarlos incapacitados para aprender. Y el costo es inmenso.

Es
posible que muchos mexicanos no tengan siquiera conciencia del daño que
implica su irresponsabilidad. Pero eso mismo es un problema que la
sociedad debe resolver. Porque corregir las irresponsabilidades es
absurdamente costoso. Es necesario que hagamos un esfuerzo por tomar
conciencia de nuestra actitud y hacernos responsables de nuestras
acciones. Ya no culpando de todo al gobierno, aunque no por ello dejar
de vigilarlo.

Hace 30 años, no asumir las
responsabilidades de la sociedad permitió la destrucción casi total de
la economía a manos de gobiernos igualmente irresponsables. Pero no
pueden, quienes vivieron entonces, simplemente culpar a esos gobiernos
y asumirse como víctimas. Como no se puede, hoy, seguir actuando
irresponsablemente impidiendo decisiones urgentes, en lo fiscal, en lo
energético, en lo educativo.

No podemos dejar de asumir
nuestra responsabilidad. Lo que no hagamos hoy se tendrá que pagar
mañana, y muy caro. Las generaciones pasadas nos han trasladado un
costo enorme, no hagamos lo mismo nosotros.



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‘Los socios de Elba Esther’

A mediados de diciembre de 2006, una querida amiga mía —la
periodista María Elena Cantú— se comunicó conmigo para encargarme, a
nombre de la editorial Norma, un libro sobre los primeros 100 días de
gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa.

Se trataba de
un trabajo complicado ya que el texto debía escribirse casi al mismo
tiempo en que ese periodo transcurría. Al principio dudé en aceptar ya
que el esfuerzo me obligaría a desatender otras actividades
profesionales. Con todo, el reto terminó por convencerme y asumí el
compromiso. Durante tres meses trabajé sin descanso para llegar a
tiempo a la cita propuesta.

Ya avanzada la aventura en la que me
había embarcado, tuve una conversación que me produjo preocupación. En
una cena de amigos conversé con Raymundo Riva Palacio, quien me comentó
que Norma no era una casa editorial de la que uno pudiera fiarse. Me
advirtió que tiempo atrás esa empresa había encargado un libro sobre
los parientes de Vicente Fox Quesada a la periodista Anabel Hernández,
el cual terminó siendo rechazado por afectar los intereses
empresariales de Norma.

Producto de esta decisión, La familia
presidencial fue publicado por Random House Mondadori. Al conocer este
hecho pedí de inmediato una reunión con quienes me hubieran contratado.
En ella, la directora editorial, Claudia Islas Licona, me aseguró que
aquel episodio había ocurrido durante una administración distinta de la
empresa y que de ningún modo su casa se atrevería a censurar mi trabajo
si éste estaba fundamentado en datos comprobables.

Aproveché la
conversación para advertir que el libro que estaba escribiendo versaba
sobre temas complicados; particularmente respecto de la líder del
magisterio nacional, Elba Esther Gordillo Morales, y de su relación
política con el nuevo presidente de la República, Felipe Calderón
Hinojosa.

La señora Islas, en presencia de María Elena Cantú, me
aseguró que Norma no tenía por costumbre lesionar la libertad de
expresión de sus autores. Afirmó que Riva Palacio estaba mal informado
de la situación relacionada con el texto de Anabel Hernández.

Ingenuamente,
esta charla informal me pareció suficiente garantía para finalizar
Calderón, bajo la lupa, texto que, al pasar de las semanas, fui
entregando conforme los distintos capítulos estuvieron terminados.

Días
antes de que el libro entrara a imprenta apareció en el administrador
de mi correo electrónico el siguiente mensaje firmado por la señora
Islas: “Hace unos minutos hablé con Luis Carlos y María Esther de Norma
y comentamos ampliamente lo que detectaron en el capítulo sobre Elba
Esther. El capítulo está demasiado centrado en la persona de Elba
Esther y en menor medida en las acciones que ha tomado y tomará
Calderón con base en su relación con ella. Habría que matizar el
lenguaje… Esto definitivamente dañaría la relación que tiene Norma con
la SEP.”

Un tanto cuanto sorprendido por la misiva llamé de
inmediato a María Elena Cantú y le dije que quería reunirme con el
director de la editorial. Estaba dispuesto a considerar algunas de las
observaciones señaladas siempre y cuando fueran respetados los
argumentos centrales del capítulo referido.

La cita con los
directivos de la editorial fue al día siguiente en un café de la
colonia Polanco. Abrí la conversación explicando que era muy difícil
hablar de la nueva coalición de gobierno de Felipe Calderón si no se
mencionaba el papel político jugado por la profesora Elba Esther
Gordillo Morales.

Comenté, sin embargo, que si ellos detectaban
algún adjetivo sobrante o un hecho que no estuviera fundamentado,
estaría dispuesto a revisar el capítulo conflictivo; pero me mantuve
firme en la decisión de no sacar ese apartado crucial del cuerpo del
libro.

Amablemente, Luis Carlos Gil —el director de esta
editorial colombiana en México— respondió que mi petición resultaba
imposible para su empresa. Me dijo que Norma tenía negocios con la
Secretaría de Educación Pública por un monto aproximado de 4 millones
de dólares, y que no estaba dispuesto a perder ese ingreso por publicar
un libro que pudiera hacer enojar a la líder del sindicato nacional del
magisterio.

Respondí que no podía acceder a retirar el capítulo
tres. Hacerlo sería tanto como resignarme a aceptar que la vida
democrática en México había cambiado muy poco.

Ya que nos
encontrábamos en un callejón sin salida propuse que me liberaran del
compromiso que meses atrás había yo firmado. Acto seguido, María Elena
Cantú presentó también su renuncia. Argumentó que ella poseía un
prestigio como periodista y que no estaba dispuesta a extraviarlo por
esta arbitrariedad. Si el libro no podía ser publicado por razones
políticas, ella prefería dar por terminada su relación laboral.

Salimos
de esa reunión con el ánimo maltrecho y con un libro entre las manos
que estaba a punto de irse a la basura. ¿A qué otra casa editorial
podría interesarle ese manuscrito sobre los primeros 100 días del
gobierno de Calderón Hinojosa, cuando el día 112 ya estaba corriendo?

En
todas partes el trato fue cordial, pero la respuesta que recibimos, tal
como lo habíamos previsto, resultó negativa. De salir el libro a la
venta hacia mediados del mes de abril, el mercado de los lectores que
consumen este tipo de materiales se habría reducido considerablemente.

Un
par de semanas después recibí una contraoferta. A Braulio Peralta, uno
de los editores más respetados en México, quien trabaja para la
editorial Planeta, se le ocurrió la peregrina idea de echar el resto de
los capítulos de Calderón bajo la lupa al basurero, con el objeto de
que el multicitado capítulo 3 se ampliara para convertirse en un nuevo
libro.

Así son las paradojas de este oficio: en Norma sólo me
habían censurado un capítulo y ahora Braulio me ofrecía rescatarlo con
la condición de dejar fuera lo demás.

Dos días después de la
conversación con mi nuevo y solidario editor, comenzó la larga jornada
que me condujo a escribir una biografía política sobre la profesora
Elba Esther Gordillo Morales: Los socios de Elba Esther. Texto que
estará a la venta en librerías hacia finales de esta semana.



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Depresión un mal creciente entre los hombres




A paso acelerado crece el nú-mero de hombres deprimi-dos en México; los especialis-tas advierten que las condi-ciones socioeconómicas por las que atraviesa el país lo pro-pician.La depresión es una enfermedad de la modernidad, y factores como la pobreza y el desempleo favorecen su incremento. Si no se trata, las consecuencias son graves; en casos extremos llega al suicidio.

El cuadro diagnóstico es complicado. Los hombres tienden a negar la afectación o la confunden con otros padecimientos ya que suele manifestarse, entre otros síntomas, con dolores de cabeza y musculares. Mientras la mujer deprimida denota tristeza, el varón no se percata o trata de ocultar cualquier síntoma que lo haga sentir vulnerable.

Estadísticamente poco se sabe del lugar que ocupa, pero comparado con la mujer, la frecuencia en que se presenta es menor “de uno a dos”, según refiere Ileana Petra Micu, de la Facultad de Medicina de la UNAM.

“Se guarda el dolor, cree que puede controlarlo aunque tenga los síntomas —angustia, insatisfacción, dolores musculares, cansancio, taquicardia, problemas estomacales, falta de concentración o desgano—, decide aguantar y no va al médico”, agrega la doctora.

Rafael Montesinos, doctor en Ciencias Antropológicas, explica que la depresión era contemplada como una enfermedad femenina, pero “es un conflicto que sufren los individuos cuando los asalta un miedo a lo desconocido. Cada vez más hombres se ven inmersos, a veces como respuesta a una fuerte insatisfacción que les genera un vacío”.

Sensación de derrota

La depresión masculina se ha incrementado considerablemente; una de las cuestiones que más afecta es la laboral, “estar desempleado propicia que se depriman”, señala Clara Fleiz, del Instituto Nacional de Siquiatría, quien realiza un estudio sobre el tema.

El siquiatra Héctor José Dueñas, gerente de Investigación Clínica en Neurociencias del laboratorio Elly Lilly, destaca: “La prevalencia en hombres ha aumentado. A factores biológicos se suman los sociales que afectan más a los varones; la pobreza, por ejemplo, es un factor sicococial que genera mucho estrés y propicia esta patología mental”.

Fleiz Bautista dice que lo laboral afecta por cuestión de roles, “la carga de la mujer está más centrada en lo afectivo, la de ellos en lo económico, por eso impacta más en su identidad, en la forma en que aprendieron a ser hombres y proveedores de dinero”.

De acuerdo con Montesinos Carrera, la depresión es una enfermedad de la vida moderna, “lo que está de moda es el miedo a no tener trabajo, los hace sentir derrotados”.

El también sociólogo de la Universidad Autónoma Metropolitana advierte que en poblaciones con problemas económicos hay condiciones propicias para desarrollarla.

“La crisis económica que vive el mundo actual emerge como la fuente natural de la depresión, la modernidad se caracteriza por un incesante cambio e incertidumbre y se coloca como origen de la depresión”, argumenta.

Crisis y suicidio

Contextos donde la mujer defiende su identidad y espacio propician que los hombres sientan que pierden su posición de poder. Montesinos explica que esta confusión les provoca problemas síquicos, “sobre todo a quienes tenían una idea tradicional donde la lógica patriarcal los colocaba en una posición de superioridad ante la mujer”.

Luis Hornstein y Hugo Lerner, titulares de Fundación argentina para el Estudio de la Depresión, advierten que los hombres suelen enmascarar el padecimiento: “Cerca de 50% de los episodios no se detectan porque el estado de ánimo depresivo es menos evidente que otros síntomas”.

“Las mujeres tienen cierto entrenamiento en consultar —al médico— cuando van apareciendo sus dificultades, en cambio los hombres consultan cuando ya no pueden más; las estadísticas demuestran que mueren alrededor de siete años antes que las mujeres con multiplicidad de cuadros asociados con la enfermedad”, aseguran.

Ambos siquiatras coinciden en que hay correlación entre la depresión y una sociedad con crisis sociales, devaluaciones monetarias, desocupación y sensación de desmembramiento social. Con base en estudios mencionan que en los últimos 40 años, la tasa de suicidio entre hombres ha sido cuatro veces superior a la de mujeres.

La depresión masculina, destaca Óscar Galicia, coordinador de laboratorio de Neurociencia del Departamento de Sicología de la UIA, no se ha estudiado mucho pero se calcula que del total de gente deprimida 30% son hombres, “se explica porque en la situación actual hay predisposición a padecerla. Es un riesgo porque inhabilita, no basta la terapia sicológica, si el problema lleva años, el trastorno puede ser fatal”.

Diagnósticos equivocados

Está comprobado que nadie escapa a las depresiones leves pero las severas, como estado sicopatológico, requieren atención sicoterapéutica y farmacológica, de no atenderse avanzan y en algunos casos es posible que el individuo cometa actos suicidas, “ante la sensación de impotencia surge la idea de que la vida no tiene significado y busca métodos violentos para terminar con ella”, indica.

Clara Fleiz explica que ante la carencia de investigación sobre los casos de hombres deprimidos, puede haber subregistro de datos ya que en la parte clínica el hombre no suele mostrar signos de debilidad, sufre en silencio, y en el diagnóstico no se identifica la depresión con los mismos criterios que en las mujeres.

Es fácil que la mujer vaya con un sicólogo o siquiatra, pero los hombres “tratan de ignorar el dolor porque se cae su idea de ser más fuertes, no pueden estar enfermos menos si es un trastorno mental; no pueden ir al médico menos con un siquiatra, hay un temor social, decir siquiatra es decir que se está loco”, señala Petra Micu.

En lugar de llorar, un hombre deprimido puede ser agresivo o aislarse; para no enfrentar emociones incómodas algunos se refugian en el alcohol u otras sustancias nocivas. Por eso, cuando finalmente van al médico, su diagnóstico no siempre es acertado. Dada su sintomatología, hay doctores que no reconocen el padecimiento y diagnostican mal. Algunos sólo recetan vitaminas.

José Dueñas establece que del total de paciente deprimidos, 50% acude en busca de ayuda; de éstos, la mitad obtiene un buen diagnóstico. De esta cantidad, 50% recibe un antidepresivo, y de quienes comienzan el tratamiento sólo la mitad lo culminan. Esto significa que “de cada 100 deprimidos, sólo seis tienen alivio”.

El especialista menciona que 7.9% de cada comunidad se encuentra en depresión. Con base en estudios epidemiológicos, señala que la prevalencia es de 5% en hombres y 10% en mujeres.


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jueves, 8 de noviembre de 2007

El fraude educativo - Macario Schettino




El factor de producción que genera más valor agregado es el
conocimiento. El proceso más común para obtener conocimiento es la
educación, específicamente la que ocurre en la escuela

De
manera intuitiva, los mexicanos saben esto desde hace mucho tiempo, y
por ello intentan darle un futuro mejor a sus hijos a través de la
educación escolarizada. Sin embargo, ir a la escuela no garantiza nada,
según hemos visto en colaboraciones recientes.

Si los niños van a
la escuela, y nada más, lo más probable es que terminen su educación
básica, es decir, que salgan de secundaria sin saber hacer
absolutamente nada. Como ya sabe usted, dos terceras partes de los
jóvenes que salen de ese nivel no pueden hacer más que seguir
instrucciones simples, resolver problemas elementales contando con toda
la información y leer documentos sencillos. Cerca de 80% de los jóvenes
mexicanos logran terminar esos primeros nueve o 10 años de educación,
pero sólo un tercio de ellos (es decir, 25% de todos los jóvenes) en
realidad ha obtenido algo en la escuela.

Tres cuartas
partes de los jóvenes se quedan rezagados, y su esperanza es conseguir
alguna oportunidad que no requiera demasiado esfuerzo mental, porque no
han logrado construir una base sólida para ello. Nadie puede decir que
sean menos inteligentes que los demás, pero cuando alguien llega a los
15 o 16 años sin esas bases sólidas, le será muy difícil competir por
un empleo decente. Sin embargo, más de 80% de los jóvenes que terminan
secundaria pasan a media superior, pero la falta de bases provoca que
casi la mitad no termine ese nivel. Pero algunos logran terminar, a
pesar de que tampoco tenían conocimientos básicos para ello. Tal vez
usted recuerde los exámenes que se utilizan para ubicar a los jóvenes
en media superior, en donde quienes tienen mejores resultados se van a
las escuelas que ellos eligen, mientras que quienes obtienen puntajes
insuficientes son asignados a donde se pueda.

Algo similar
ocurre en la educación superior, pero en este nivel existe una gran
oferta privada, no toda de buena calidad. Y es aquí en donde el fraude
educativo de este país llega a un nivel insoportable. Un joven que no
tuvo buena educación básica, y que a muy duras penas logró terminar la
media superior, se inscribe en alguna de las universidades patito
creyendo que con eso bastará para poder competir por un puesto de
trabajo en el futuro.

Pero no será así. Esa universidad le
quitará cuatro o cinco años de vida, y algunos miles de pesos cada año,
para que al final el joven descubra que su título no tiene ningún valor
en el mercado, aunque sí lo tenga oficialmente. La distribución de
registros de validez, tanto federales como estatales, en algún momento
se fue de las manos, y hoy lo único que se hace para tratar de corregir
es establecer organismos de “certificación” que, en muchos casos, sólo
servirán para cobrar.

Al término de 16 o 18 años de
esfuerzo, la familia que ha financiado la educación de un joven,
esperanzada en obtener un futuro mejor, se encuentra con que tiraron a
la basura el tiempo y el dinero. Es entonces cuando se dan cuenta de
que el mercado sí tiene fuerza, y que no importa lo que diga la
propaganda del gobierno o de las universidades; para obtener un buen
empleo no basta un título, sino que se requieren habilidades y
competencias que la escuela no les dio.

En este gravísimo
problema hay, sin ninguna duda, una gran responsabilidad del Estado. A
diferencia de lo que ocurre con el mercado de autos, computadoras, o
cosas parecidas, en donde cada comprador se debe cuidar, en el caso de
la educación, como con cualquier bien o servicio que se compra en
plazos largos, el Estado debe vigilar el mercado y facilitar el flujo
de información. Y hoy esto no está ocurriendo.

A grandes
números, salen 2.2 millones de niños de primaria, y terminan la
secundaria poco más de 1.6 millones. Entran a media superior millón y
medio, pero salen apenas 900 mil, de los cuales 800 mil estudiaron
bachillerato y pueden ingresar a la universidad. Sólo lo hacen 550 mil,
de los cuales cerca de 400 mil terminarán sus estudios. Pero como no se
abren 400 mil empleos de profesionista cada año, el precio de esos
empleos (el primer salario) se ha reducido. Quienes entran a trabajar,
si tienen bases sólidas, en poco tiempo ganan más dinero, pero para la
mayoría no será así.

Al final, tenemos jóvenes muy
resentidos porque dedicaron muchos años y dinero a obtener un título
que no les permite vivir mejor. Y no se van a culpar a sí mismos por no
haber exigido mejor educación durante su vida. Van a culpar al gobierno
y a la sociedad.



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martes, 6 de noviembre de 2007

Cultura y educación - Macario Schettino



Es común distinguir educación de cultura. Incluso hay quien separa educación de instrucción, llamando con este nombre a lo que se aprende en la escuela, mientras que se reservan el otro término, educación, para describir las maneras y costumbres de las personas, algo distinto del saber leer y escribir, más cercano al vivir como se debe

No me refiero a eso cuando hablo de cultura. Englobo en esta palabra a las reglas sociales que aprendemos, no a los libros que hemos leído, o la música que escuchamos. Llamo cultura a ese gran conjunto de limitaciones que tenemos desde niños, no porque las traigamos en la sangre, sino porque las aprendemos.

Ciertamente en ese gran grupo están las “buenas costumbres”, como comer con la boca cerrada y usar cubiertos. Pero tampoco es eso lo que me interesa comentar con usted. Además de aprender de niños a comer como personas, aprendemos muchas otras cosas más, fundamentalmente cómo relacionarnos con otras personas, con otros grupos sociales, y con nosotros mismos, con nuestro tiempo.

Este grupo de reglas que llamo cultura es determinante para el tipo de sociedad que puede construirse. Había, hace años, un poemilla llamado “los niños aprenden lo que ven”, que da en el clavo: Más que lo que se lee, o se escucha, es lo que ocurre diariamente lo que se graba en la personalidad de los niños, lo que reproducirán años después. No importa si en la escuela leen acerca de los derechos humanos, mientras el profesor se burla de ellos, o los agrede e insulta. No importa si se habla de democracia, mientras viven el autoritarismo en su casa y en su escuela. De nada sirve hablarle a los niños de las virtudes del trabajo cuando su maestro es un holgazán que cada vez que puede se va a hacer plantones y marchas.

Porque si lo que los niños ven es autoritarismo, holgazanería, dependencia, eso es lo que reproducirán de jóvenes y adultos. Peor todavía, aprenden que no trabajar puede permitirles vivir, como lo hace su maestro, o su padre, con tal de que se sometan al sindicato, o al líder de la colonia. Los más audaces aspirarán a ocupar esas posiciones de liderazgo; los demás, a sobrevivir bajo sus órdenes. Pero nadie aspira a construir riqueza, a respetar a los demás, a entenderlos. ¿Para qué aprender matemáticas si sólo hace falta subordinarse y pedir? ¿Para qué esforzarse en aprender a leer y a hablar, si basta con saber decir que sí? Como lo he dicho en varias ocasiones, no todos los maestros ni todos los padres son así, pero una cantidad muy importante sí lo es. De otra manera no podríamos tener los resultados que tenemos en calidad educativa.

Las reglas que aprendemos desde niños son la base cultural sobre la que funciona la sociedad. La economía y la política están determinadas por esta base cultural, que es más fuerte que ellas. Por eso no importa cuán claro sea que necesitamos producir mejor, nuestra cultura lo impide. Y el pequeño grupo que tuvo la fortuna de tener buenos maestros y padres medianos, al jugar bajo otras reglas, tiene más éxito. No sólo eso, sino que cada vez es mayor la diferencia entre este grupo que es capaz de competir y el otro, el grande, que reproduce las taras sociales que tan bien conocemos.

Hace años, esta diferencia no tenía un impacto tan grande como ahora. Hace años se podía obtener un ingreso razonable sin tener mucho conocimiento, bastaba con algo de fuerza y un poco de entrenamiento. Hoy ya no es así. La mayor parte del trabajo que requiere esfuerzo y pocas instrucciones lo hacen ahora las máquinas. Además, hace décadas había riqueza para repartir. Los líderes sindicales, populares, campesinos, podían enriquecerse y repartir a sus agremiados algunas prebendas. Pero esto ya se acabó, nos acabamos el país.

Ahora tenemos que trabajar, como todos, para construir riqueza. Y esa riqueza sólo puede conseguirse con mejores herramientas y personas más calificadas. Pero la calificación no se obtiene fácilmente, y menos cuando la cultura, es decir, las reglas sociales, van en contra de ello. Es cierto que la inmensa mayoría de los mexicanos cree que la educación es el mejor camino al éxito, pero esa inmensa mayoría no se da cuenta de que la educación no equivale a pasar muchos años en la escuela. Para que esa educación funcione, es necesario construir personalidades que la acepten, y que luchen por ella.

Porque las malas escuelas y los malos maestros sobreviven gracias a la cultura de sometimiento que mantenemos. No se trata de mandar a los hijos a la escuela, sino de que aprendan. Son cosas distintas.


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Tabasco: ayuda facciosa




Frente a esa pequeñez no hay más remedio que el castigo del voto; pasada la emergencia, el pueblo dará su veredicto

Dice la voz popular, sabia en muchos casos, que las tragedias “sacan lo mejor y lo peor de la condición humana”. En la memoria de algunos aún viven las imágenes de los presidentes Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, que en sendos desastres naturales recriminaron severamente el primero a quienes pretendieron usar el emblema de “solidaridad” en medio de la tragedia y, el segundo, a un grupo de supuestos damnificados que buscaron realizar proselitismo partidista, también en el peor momento de un desastre.

En meses recientes —para quienes por razones de edad o desmemoria no recuerdan los pasajes anteriores—, muchos recordamos que en medio de otro embate natural, el gobierno de Veracruz decidió empacar la ayuda a los damnificados en bolsas de color rojo con el emblema del PRI, similares a los utilizados por la propaganda electoral del partido oficial en esa entidad, en donde, por cierto, por esas fechas se llevarían a cabo elecciones.

El oportunismo político-partidista-electoral en tiempo de tragedias naturales es una suerte de “tara” que acompaña a todos o casi todos los partidos y gobiernos surgidos de las distintas formaciones existentes en México. Y en esta ocasión, frente a la tragedia que viven los habitantes de Tabasco y Chiapas a causa de las lluvias, esa “tara” no parece ser la excepción; sigue presente. A continuación dos estampas periodísticas que lo demuestran:

“La ayuda para los damnificados se politizó ayer en la tierras de Andrés Manuel López Obrador. Priístas y perredistas de la comunidad de Tierra Colorada se enfrentaron cuando llegó un helicóptero de la Marina que transportaba alimentos y agua.

“‘No los queremos, váyanse; no queremos su ayuda, no queremos nada de ustedes’, gritaron mujeres priístas al piloto, y acusaron al PRD de controlar el acopio de todos los víveres. Por su parte, un grupo de mujeres perredistas acusaron al gobierno federal de privilegiar a los seguidores del PRI. Ambos grupos increparon al piloto y al copiloto del helicóptero y amagaron con agredirlos, por lo que los marinos optaron por regresar a Villahermosa”. La información anterior es un reporte informativo de Benito Jiménez, corresponsal del diario Reforma en Macuspana, publicado en la edición dominical de ese periódico.

“Un avión con 5 toneladas de despensas arribó a esta ciudad (Villahermosa) procedente de la ciudad de México. La ayuda proviene del gobierno del Distrito Federal, y la consigna es entregar los víveres a municipios gobernados por el PRD. El supervisor del aeropuerto que proporciona el traslado mostró su disgusto, pues en vez de que la ayuda fuera enviada a los albergues, se ocuparon camiones de redilas que llevaron la ayuda a municipios perredistas.

“Toda la gente requiere ayuda, pero mucha; varios municipios gobernados por el PRD han sido olvidados por el gobierno de Andrés Granier, y eso es injusto, así que urgió al gobierno del DF una ayuda aparte”, dijo el conductor de uno de los camiones que llevaron los víveres a los municipios de Macuspana y Nacajuca. La anterior información fue tomada del diario Reforma, de su edición del lunes 5 de noviembre.

¿De qué nos hablan las dos informaciones anteriores? En los dos casos, según los testimonios periodísticos, alguna autoridad municipal o estatal de Tabasco, por un lado, y del Distrito Federal, por el otro, estarían lucrando políticamente con la tragedia o por lo menos esa es la percepción de algunos sectores de ciudadanos tabasqueños afectados.

Pero cualquiera que sea el caso, que el gobierno priísta de Andrés Granier en Tabasco o el perredista de Marcelo Ebrard en el Distrito Federal hayan incurrido en el despropósito de convertir la ayuda que requieren todos los damnificados en un acto de proselitismo político, no es o no sería más que una muestra de que sigue viva la polarización política que se gestó en esa entidad desde hace por lo menos dos décadas, incluso en momentos en que debiera pasar a último término, para dar paso a la responsabilidad que con todos los tabasqueños tiene el gobierno estatal del señor Granier, y a la solidaridad que con todos los afectados de Tabasco, sin distingo de franquicias partidistas, debiera tener el gobernante del Distrito Federal, Marcelo Ebrard. De confirmarse la ayuda partidista y hasta facciosa de gobiernos del PRI o del PRD —que por fortuna no ha dado muestras de una mayor escala—, estaríamos ante la vergonzosa confirmación de que tanto políticos como gobernantes, del partido que se quiera, son incapaces de dejar a un lado y de manera momentánea sus diferencias para dejar salir lo mejor de todos ellos: la responsabilidad en tanto gobernantes y la solidaridad social a secas, sin tintes partidistas y sin preferencias políticas.

Y es que en todos los casos, sean gobiernos del PRI, PRD y PAN; sean de los órdenes municipal, estatal o federal, los mandatarios no son más que eso, depositarios del mandato ciudadano, responsables del buen ejercicio de los dineros públicos, y que tienen como una de sus encomiendas fundamentales la de velar por la vida y los bienes de todos sus gobernados.

Pero más aún, el hecho de que se presenten testimonios como los arriba relatados —en donde la ayuda a los damnificados pasa por el tamiz del color partidista o de la preferencia electoral— habla de la pequeñez de gobernantes y partidos políticos, que no se asumen como parte del Estado mexicano, con obligaciones y responsabilidad, sino como dueños de las franquicias partidistas, dueños de la clientela de esos partidos y dueños del clientelismo para garantizarles la ayuda en casos de desastres, como el que se vive en Tabasco y Chiapas. Y frente a esa pequeñez, no hay más remedio que el castigo del voto; pasada la emergencia el pueblo dará su veredicto. Al tiempo.

En el camino

Otra vez fallaron los sistemas de prevención, estatales y federales. ¿No era previsible el desgajamiento del cerro que sepultó a la comunidad de San Juan Grijalva, en Chiapas? Otra vez los pobres ponen los muertos.


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