jueves, 22 de noviembre de 2007

Cinco lustros después…




Cinco lustros después se abre el telón sobre los secretos guardados bajo siete llaves en torno a la nacionalización, estatización o expropiación de la banca comercial privada, anunciada a golpe de lágrima durante el sexto informe del ex presidente José López Portillo

Se sabe, por ejemplo, que en el preámbulo del golpazo en la mesa, el ex Ejecutivo intentó desnudar a los sacadólares cuya acción corrosiva provocaba una y otra devaluaciones, topándose con la sorpresa de que la mayoría eran políticos. Más aún, integrantes de su gabinete.

“Esta relación —recuerda Gustavo Romero Kolbeck, quien fuera director general del Banco de México en los aciagos meses de 1982— contenía una larga lista de personas, algunas bien conocidas en el medio político, lo que detonó el enojo del mandatario…”

En el clímax de la ira, el ex mandatario conocido como Jolopo sentenciaría: “Va usted a ver que nos las van a pagar, y usted será el que les pida cuentas”.

Lo interesante del caso es que habiéndole pedido el gobierno los nombres a los banqueros Agustín F. Legorreta y Manuel Espinosa Yglesias, a contrapelo del secreto bancario, el único que accedió a regañadientes, fue éste, a lo sazón presidente de Bancomer.

La condición fue que la lista la recogiera de su escritorio algún funcionario de la Comisión Nacional Bancaria… en su ausencia.

Más adelante –señala el mismo Romero Kolbeck-, López Portillo intentaría lo inaudito: ¡revaluar 50% al peso!, en un escenario en que Alfredo Phillips Olmedo planteaba dos saltos hacia atrás de 25% cada uno.

La instrucción fue desoída por el funcionario, lo que le costó la chamba: “No, muy mal, mire Gustavo, así no me sirve usted para nada”.

En el escenario de crispaciones que vivía el país, recuerda el entonces presidente de la Coparmex, José María Basagoiti, en una ocasión López Portillo citó al pleno de la dirigencia empresarial en el salón López Mateos de Los Pinos, lanzándoles una filípica de antología. Los calificativos volaban en las paredes.

Al término del evento, el Estado Mayor Presidencial les comunicó a los principales líderes el deseo del Presidente de la República de verlos en su despacho, donde los aguardaba un López Portillo diametralmente opuesto, se diría sonriente.

Basagoiti salió al paso: —Señor presidente, ¿usted cree que después de cómo se ha dirigido a nosotros nos quede algo de liderazgo?”.

—¿Pues yo qué dije?

El caso es que el Ejecutivo mandó traer la versión estenográfica de su discurso para recordar lo dicho… mandando censurar la versión oficial. En el camino, el ex director general del Bank of America, José Carral, recuerda que un grupo de accionistas de Bancomer le ofreció a éste venderle la intermediaria. Más aún, había una carta manuscrita de Manuel Espinosa Yglesias dirigida al presidente de la instancia estadounidense con larga presencia en México, Tom Closen, quien llevó el asunto al Consejo de Administración.

De haberse dado la operación Bancomer se habría salvado de la nacionalización. El hecho es que en una asamblea extraordinaria el Bank of America rechazaría la posibilidad, pese a la opinión favorable de su presidente.

Lo inaudito del asunto es que el primero de septiembre de 1982, cuando llegó aquella famosa frase de “ya nos saquearon; no nos volverán a saquear”, el presidente de Banamex, Agustín F. Legorreta Chauvet no estaba en México.

Lo había enviado, ¡válgame Dios!, el presidente José López Portillo a los principales centros financieros de Nueva York, Londres, París, Frankfourt, ¡para semblantear la posibilidad de una posible moratoria de la deuda!

“En esos días –recuerda el banquero-, jamás me había imaginado la maquinación que llevaban a cabo José Andrés De Oteyza y Carlos Tello Macías con los López Portillo, padre e hijo…”.

Ahora que en la víspera del día D tampoco sabía nada el entonces secretario de Hacienda, Jesús Silva-Herzog.

“El lunes 30 de agosto se celebró el quinto aniversario del Banco Obrero. Me senté a la derecha del señor presidente. Lo encontraba de muy buen humor. Se le veía descansado. Fue cordial conmigo. Salí desconcertado. Me fui con la idea de que no habría nacionalización”.

“La razón por la cual López Portillo no involucró a otros miembros de su gabinete —recuerda a su vez José Ramón López Portillo—, fue que muchos de ellos anteriormente habían ocultado y falseado información e, incluso, habían actuado sin el conocimiento del Presidente. Éste perdió la confianza en ellos”.

Consumado el golpe de fuerza, recuerda el ex presidente Miguel De la Madrid Hurtado, la iniciativa privada empezó a promover un acercamiento real con el PAN, entregándole a ese partido mensualidades de 12 millones de pesos.

“También —agrega— están usando el amarillismo como forma alternativa de ataque, exagerando los problemas de seguridad o la guerra declarada contra los ex funcionarios, concretamente contra López Portillo y sus allegados”.

Las versiones de los protagonistas del episodio que para algunos abrió un parteaguas en el país, están en un libro que se presenta esta mañana en un hotel capitalino: “La nacionalización de la banca, 25 años después”.

El patrocinio de la obra en dos tomos fue del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, que encabeza Amparo Espinosa Rugacía.

Las telas y entretelas del poder en un capítulo aún polémico.


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martes, 20 de noviembre de 2007

Rumbo al Cenenario del engaño - Macario Schettino




Celebramos mañana 97 años del le-vantamiento de Francisco I. Madero. Es la fecha oficial para recordar eso que llamamos Revolución Mexicana, algo que ocurrió a partir del 20 de noviembre de 1910. En nuestra mitología oficial, se trató de un movimiento del pueblo en contra de sus explotadores, extranjeros muchos de ellos, y de su testaferro y abominable dictador, Porfirio Díaz. Obreros y campesinos, unidos, dirigidos por prohombres como Francisco Villa, Emiliano Zapata, Álvaro Obregón y Venustiano Carranza, lograron terminar la obra iniciada por Madero y sentaron las bases para que, un cuarto de siglo después, Lázaro Cárdenas llevara al clímax este proceso de liberación, nacionalizando la industria petrolera.

En los 50 años que siguieron a esa fecha gloriosa, sin embargo, algo no resultó como debiera. Aunque la retórica oficial siguió siendo la misma, nunca se reflejó en hechos. Ni hubo un presupuesto importante destinado a mejorar la situación de la mayoría de los mexicanos, ni se construyó infraestructura excepcional. No ocurrió nada. Al cerrar el siglo XX, México no había crecido más que el resto del mundo, no habíamos mejorado nuestros indicadores sociales más que el promedio de América Latina, y no teníamos un país de ciudadanos.

Estamos frente a uno de los mayores engaños de la historia, sin duda. La Revolución Mexicana, así como la describía la mitología oficial, jamás ocurrió. No hubo obreros, ni campesinos en las revueltas, por muchos años. No se trató de un levantamiento general contra nadie en particular. Cuando Díaz renuncia a la Presidencia, se rompen las estructuras que dependían de él para mantener el control político, y cientos y miles de pequeñas venganzas, de conflictos personales, de simple bandolerismo, producen lo que entonces se llamó la bola, y años después la Revolución Mexicana.

La interpretación del desorden que siguió a la salida de Díaz, que da un carácter heroico a la guerra civil, inicia con el gobierno de Obregón y culmina con Lázaro Cárdenas. Se construye una explicación que da a los gobiernos emanados de la Revolución una legitimidad basada en su carácter de vanguardia popular. El Nacionalismo Revolucionario, enseñado a las mayorías gracias a los muralistas y artistas gráficos, se convierte en la creencia básica de los mexicanos. Cualquier duda o crítica es rápidamente calificada de reaccionaria y descalificada. Como ocurriría años después en otras partes, “dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”.

Hoy sabemos que no hubo crisis económica antes de la Revolución, sino como resultado de ella. Sabemos que los obreros no fueron partícipes de la Revolución, aunque la aprovecharon para lograr avances laborales. Sabemos que las revueltas agrarias son un efecto de la Revolución, no su causa. Lo que hoy sabemos destruye el mito del porfiriato al mismo tiempo que el de la Revolución. Porque si ésta no tuvo sentido, entonces el otro no fue tan malo.

Aprovechar el centenario para destruir el mito de la Revolución puede ser muy provechoso para México. Buena parte de las decisiones que debemos tomar como país en estos días se detienen porque van contra ese conjunto de creencias. Nuestra idea del país está seriamente dañada con el mito revolucionario. Queremos seguir creyendo que la Revolución hizo bien al país, cuando no fue así. El costo del periodo violento, pero sobre todo el costo del régimen anacrónico que resultó, puede significar hasta tres veces el ingreso que hoy tenemos. Durante el porfiriato, México tenía un ingreso por habitante mayor que Japón, y crecía más. Al final del siglo XX, el ingreso por habitante en Japón es cuatro veces mayor. Eso costó, y sigue costando, la colección de mitos que nos impide modernizarnos.

El siglo pasado, aprendimos en la escuela no lo que necesitábamos para competir, sino los mitos que el régimen necesitaba para sostenerse. Construimos una sociedad que no generaba riqueza, sino que sólo la distribuía, también para sostener a ese régimen. Si hoy nos acabamos el petróleo, si hoy tenemos prebendas sindicales impagables, si tenemos un esquema fiscal insostenible, si nuestros hijos no pueden hacer nada más que “seguir instrucciones simples”, se lo debemos a la Revolución.

El centenario no debe ser un festejo, sino una liberación. Liberarnos del mito nos permitirá construir un país democrático, competitivo y justo.


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El futuro de AMLO - Leonardo Curzio




AMLO es un buen lector de temas políticos y sabe que la gran enseñanza de Churchill es que siempre hay vida después de las grandes crisis y que una vez que se serenen los ánimos, se hagan algunas modificaciones (Churchill cambió varias veces de partido a lo largo de su trayectoria) y el contexto vuelva a ser propicio, un político al que se daba por muerto, puede resurgir. AMLO ha pasado el peor año de su vida. Tras perder las elecciones no ha encontrado consuelo ni ubicación; sus decisiones han sido polémicas y su negativa a aceptar su propia responsabilidad en su derrota lo han llevado a circular por la ruta del autoengaño y ha preferido seguir nutriendo la mitología del fraude, ahora hasta en las pantallas del cine, en lugar de aceptar que las elecciones fueron en efecto un asco al que él mismo contribuyó con singular dedicación.

Sus partidarios pasan como sobre ascuas sobre las elecciones en el DF, que no pasan una prueba de pureza, su gasto en televisión con programa propio incluido, su apoyo a la ley Televisa y sus alianzas con sectores que despiertan la más amplia desconfianza, son cosas que le restan autoridad moral para formarse en la fila de los puros. Su lugar está en la fila de los que deben entonar la autocrítica y aportar soluciones.

No veo cómo rodearse de un séquito de politicastros que practican el mexicanísimo servilismo (magníficamente descrito en una novela de Álvaro Uribe sobre el atentado a Porfirio Díaz) pueda considerase algo benéfico para un líder que quiere cambiar el país. AMLO sabe, y lo sabe bien, que hoy representa un problema para un sector importante de su partido y especialmente para Marcelo Ebrard al que se empeña en presentar como su subordinado, como en su momento lo hizo con Alejandro Encinas, un político con un talante conciliador y afable, a quien restó autoridad en su función de jefe de Gobierno. Disminuir la fuerza de sus mejores hombres para reforzar la noroñización de la izquierda es dramático. La izquierda necesita más Ebrard y más Encinas y menos sospechosas alianzas con radicales irredentos.

El tabasqueño no ignora que las horas bajas de hoy pueden ser las horas altas del mañana, que los buenos números de Calderón algún día cambiarán y que él puede estar allí esperando para atrapar a los “desencantados”. El punto débil de su estrategia, me parece, es que su apuesta principal es que al país le vaya mal y ese es un grave error. En Tabasco habrá que ver cómo quedan las cuentas, pero es difícil —incluso a sus más leales— negar que pretenda lucrar políticamente con la desgracia. Por otro lado, mientras más duro se plantee el escenario económico, la izquierda reduce paradójicamente sus posibilidades de llegar al poder por la enorme desconfianza que supone su manejo económico y su cada vez peor disimulado prejuicio antiempresarial. ¡Qué alto se está poniendo a sí mismo el listón para regresar al centro político y presentarse como un reformista proclive a proteger a los más débiles!

No creo que AMLO sea un vividor de la política. Cree firmemente en sus ideas, pero no se ha percatado de que desde hace más de dos años es otro. Ha cambiado tanto de talante, formas y actitud que su firmeza se emparentó con la obstinación. El agudo político que algún día fue no ha vuelto, su personalidad sigue dominada por el veleidoso líder electoral que se mostró entre el 2005 y 2006. Yo creo que AMLO se merece un reencuentro consigo mismo, pero mientras esté rodeado de serviles y oportunistas veo difícil que el tabasqueño comprometido con su país, exorcice al presidente que no es.


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martes, 13 de noviembre de 2007

Tabasco: vuelve la guerra AMLO-Calderón


Sin dejar de lado las acusaciones contra ex gobernadores del PRI, como
Roberto Madrazo y Manuel Andrade, las baterías perredistas estarán más
enfocadas a movilizar a los tabasqueños contra dependencias federales

La
tragedia de Tabasco será el pretexto para que dos conocidos enemigos se
enfrenten de nuevo en la batalla política. Conforme desciende el nivel
de las aguas, junto a toda la podredumbre, el lucro político sale a
flote entre los saldos de la inundación. Y la figura de Andrés Manuel
López Obrador aparecerá en escena para encabezar una movilización
popular que buscará ajustar cuentas al gobierno de Felipe Calderón y
exigir castigo a los responsables de que la vida de muchos tabasqueños
se haya arruinado.

Viene la contabilidad de los platos
rotos y el PRD, azuzado por AMLO, decidió irse “con todo” sobre
Tabasco. Ayer iniciaron una operación política en el estado que busca
encabezar los reclamos populares para que se investigue si hubo fallas
y negligencias detrás del desastre y se finque responsabilidad civil a
los culpables. La decisión la tomó el fin de semana la cúpula nacional
perredista y, según afirman, en este lance hasta Los Chuchos
—adversarios internos de López Obrador en la disputa por el partido—
apoyarán la que se definió como “una causa de partido”.

A
diferencia de su desafortunada aparición del 4 de noviembre, donde
calculó mal los tiempos y se lanzó solo, López Obrador lleva ahora toda
una batería perredista y una estrategia enfocada a exigirle al gobierno
federal que responda con indemnizaciones a la inmensa mayoría de
tabasqueños que perdieron su patrimonio y no tienen un seguro que los
cubra.

Sin dejar de lado las acusaciones contra ex
gobernadores del PRI, como Roberto Madrazo y Manuel Andrade, las
baterías perredistas estarán más enfocadas a movilizar a los
tabasqueños contra dependencias federales como Pemex, la Comisión
Federal de Electricidad, Conagua y otras. Los argumentos irán desde la
incompleta realización de obras hidráulicas hasta el manejo
irresponsable de caudales en la cuenca del Grijalva o el incumplimiento
de compromisos ambientales por paraestatales.

El cálculo
de López Obrador se basa en datos que arrojan las encuestas: en Tabasco
el único que sale bien librado en la evaluación popular tras la
tragedia es el gobernador Andrés Granier. En el caso del presidente
Calderón, aun con el despliegue humano y de recursos de su gobierno y
de la constante promoción del apoyo a los tabasqueños, las encuestas no
muestran un repunte de la imagen presidencial, que no capitaliza aún su
intervención oportuna en la tragedia.

Los perredistas
encabezados por AMLO iniciaron ayer mismo las protestas con una
manifestación en las afueras del Congreso local tabasqueño, adonde el
gobernador Granier acudió a entregar su primer informe de gobierno.

El
esquema de movilización repetirá las experiencias de organización de
víctimas que se ha dado en otras tragedias. Desde el sismo de 1985 en
la ciudad de México, que permitió el surgimiento de figuras perredistas
como René Bejarano y Dolores Padierna, hasta las explosiones del
drenaje en Guadalajara en 1992, donde ya actuó el PRD y algunos
dirigentes de las víctimas hoy son cuadros perredistas.

Uno
de los argumentos que explotará la estrategia del PRD es el contraste
entre la respuesta que el gobierno federal dio a las afectaciones del
huracán Wilma en Cancún, en octubre de 2005, y la atención en Tabasco,
donde el flujo de recursos y la rapidez de las dependencias federales
para restablecer servicios básicos no ha sido la misma. Para eso, los
perredistas aprovecharán la vinculación entre ambos lugares porque
parte de la migración de los tabasqueños se da hacia Cancún.

Un
factor que hace la diferencia, y no depende del gobierno, es que en el
destino turístico el pronto restablecimiento de la normalidad tuvo que
ver también con la amplia cobertura de seguros contratados en hoteles y
negocios que llegaba a 80% de los afectados, mientras en Tabasco la
cifra de asegurados apenas alcanza a 20%.

En el fondo, en
Tabasco veremos sólo una reedición de la guerra entre el presidente
Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. Porque si bien Calderón
actuó a tiempo y demostró sensibilidad en Tabasco, también es claro que
además de la magnitud de la desgracia, en la actuación presidencial
había un cálculo secundario: legitimar al titular del Ejecutivo en la
tierra de AMLO y lograr algo así como una “expropiación política”.

Calderón
ha dicho que Tabasco y Villahermosa serán reconstruidos “cueste lo que
cueste”. Más vale que su gobierno se prepare con recursos
extraordinarios y vaya etiquetando sus millonarios excedentes
petroleros; porque con la dimensión de las pérdidas y la agitación
social que encabezará su enemigo político, podría no haber fondo que
alcance.

Ya empezaron a bajar las aguas en Tabasco. Y con
la podredumbre, entre las culebras y demás fauna nociva que amenaza a
los habitantes, vienen los políticos y sus batallas.

Notas
indiscretas... Todavía no cumple ni dos meses en el cargo y Agustín
Basave ya logró descomponer los avances y la marcha que traía la
comisión ejecutiva para la reforma del Estado (CENCA). El ritmo que
traía ese organismo con la aprobación de la reforma electoral se ha
frenado porque la secretaría técnica que encabeza Basave descuida la
operación política, el cabildeo y la comunicación entre partidos. Una
prueba se dio el miércoles de la semana pasada, al reunirse el grupo de
trabajo que analiza la reforma judicial. Las diferencias entre
diputados, senadores y asesores surgieron por la redacción del acta de
la sesión anterior y terminaron por reproches, acusaciones y quejas
entre priístas, panistas y perredistas. Porfirio Muñoz Ledo y Emilio
Rabasa, asesores de la CENCA, le reclamaron a César Camacho, presidente
del grupo, por el contenido del acta y a partir de ahí todo fueron
desencuentros. Camacho se molestó y le dio instrucciones a Basave para
que cuidara la redacción de las actas de acuerdo con la versión
estenográfica. Luego vino el senador Alejandro González Alcocer, quien
se quejó de ataques de los diputados a su trabajo. Los enfrentamientos
y desacuerdos en la CENCA reflejan la falta de información previa y
cabildeo entre los legisladores, que debiera hacer Basave en vez de
estar preocupado por ocupar las plazas y contratar a sus amigos. Tal
vez por eso hace unos días a Agustín se le vio desayunando con José
Woldenberg, a quien debió pedirle consejo. Pero por lo que se ve poco
caso le ha hecho… Con el ex senador Manuel Bartlett a la cabeza,
empieza a tomar forma la “resistencia” en el PRI a una iniciativa de
Calderón que plantea la privatización en Pemex y la CFE. Un amplio
grupo de priístas ex legisladores, han tenido reuniones en las que se
acusa a Manlio Fabio Beltrones y a Francisco Labastida de que “están
coqueteando con la propuesta privatizadora de Calderón”… Capicúa de los
dados. Cayó la primera serpiente.



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Ganan Calderón y Cárdenas




El gobierno entendió que a partir de Michoacán podría ser reconocido por un sector del perredismo

La corriente de ‘los chuchos’ arrebató a Andrés Manuel López Obrador el control de esa entidad

Las
victorias o las derrotas electo- rales no siempre suelen ser victorias
o derrotas políticas. Hay ocasiones en que una derrota electoral se
convierte en una victoria política, sobre todo cuando lo que está en
juego va más allá de la fuente de poder que se pelea en las urnas.

Y
ese parece ser el caso de las elecciones que se llevaron a cabo en
Michoacán el pasado domingo, en donde si bien los tres grandes partidos
nacionales disputaron el gobierno estatal, las 118 alcaldías y el
Congreso local, por lo menos dos de ellos —el PAN y el PRD— se jugaban
muchas otras cartas, políticamente más valiosas, que se entreveraron en
esa muy peculiar elección. ¿Cuáles eran las cartas de uno y otro
partidos?

En el primer caso, el del PAN, está claro que resultaba
apetitoso obtener una victoria electoral en el simbólico estado donde
nació la izquierda mexicana de hoy, además de que Michoacán es el
terruño del presidente Calderón y del futuro presidente de Acción
Nacional, Germán Martínez Cázares. También es cierto que por esas y
otras razones eran propicias las condiciones político-electorales para
que los azules se alzaran con un triunfo que habría sido histórico, por
todo el simbolismo que encierra la cuna del PRD.

Pero resulta que
en la casa presidencial y en la entrante dirigencia del PAN las
prioridades eran otras, de mucho mayor valor político que un gobierno
de cuatro años, algunas alcaldías y posiciones en el Congreso local.
Entre esas prioridades destaca una que, para el gobierno de Calderón,
está entre sus mayores preocupaciones: la gobernabilidad, entendida
como la aceptación legal y legitimación de su gobierno por parte de
todas las instituciones políticas del Estado mexicano; por los
partidos, pues.

Todos saben que luego de julio de 2006, el PRD y
sobre todo su entonces líder principal regatearon legalidad y
legitimidad al gobierno de Calderón, al grado de poner en riesgo
precisamente la gobernabilidad, la capacidad del nuevo gobierno para
alcanzar consensos que se traduzcan en una gestión eficaz. De esa
manera, más que una victoria electoral en Michoacán, el gobierno de
Calderón entendió que a partir de ese proceso electoral tenía muchas
posibilidades de ser reconocido, en los hechos, por un importante
sector del PRD, especialmente aquel que se acredita como fundador de
los amarillos.

En sentido contrario, si Calderón y el PAN se
hubiesen empeñado en ganar Michoacán a toda costa —y hasta como suponen
algunos ingenuos, con el despliegue del magisterio—, lo único que
habría conseguido sería la unificación del PRD, de los liderazgos de
Andrés Manuel López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que a la postre
habría reavivado la polarización entre la derecha y la izquierda con
resultados fatales para el gobierno de Calderón, ya que estaría latente
el fantasma de la ingobernabilidad. Por eso, una vez iniciadas las
campañas electorales, los estrategas de Los Pinos le apostaron al muy
coloquial pero eficaz “divide y vencerás”.

Así, se enviaron los
mensajes pertinentes, muchos de ellos públicos, de que el PAN
michoacano combatiría con todo la intromisión de López Obrador en ese
proceso electoral, pero “anclaría” a su candidato al gobierno estatal
si el tabasqueño era relegado. En pocas palabras, que el PAN estaba
dispuesto a un acuerdo político —modalidad de las cuestionadas
concertacesiones que tanto cuestionó la izquierda en torno de los
acuerdos PRI-PAN—, para dejar libre el camino al PRD michoacano
identificado con los Cárdenas. ¿A cambio de qué sería ese acuerdo? De
lo que todos vimos, leímos y escuchamos: del reconocimiento público de
la legalidad del gobierno de Calderón, por un lado, y de potenciales
acuerdos legislativos, por el otro.

Esa negociación —que se dio a
la vista de todos y que no puede ser negada por todo político que se
asuma como serio— a la postre radicalizó la confrontación entre el
grupo hegemónico del PRD, Nueva Izquierda, con el de AMLO, los que
casualmente pelean por la dirigencia del partido.

Pero el asunto
va mucho más lejos —a pesar de que en una burda maniobra de control de
daños el senador Carlos Navarrete insista en que la ausencia de AMLO en
la campaña de Leonel Godoy fue parte de una estrategia pactada, más que
una división y menos un choque—, si se toma en cuenta precisamente la
trascendencia de los comicios michoacanos, y que son una escala
obligada por la que transitará la elección del nuevo presidente del
PRD. Es decir, en Michoacán se dio la primera señal de la encrucijada
de caminos a la que se enfrentarán los amarillos en los meses y años
por venir. Y es que hasta el más desmemoriado sabe de la feroz guerra
que por la dirigencia de los amarillos libran Nueva Izquierda y AMLO.

De
esa manera, y ante la posibilidad de que el PAN se alzara con el
triunfo en Michoacán, el candidato Leonel Godoy debió refugiarse en el
cardenismo —corriente a la que traicionó al aliarse a López Obrador,
quien lo impulsó contra el propio candidato de Cárdenas—, y estaba
obligado a desprenderse del lastre en que se ha convertido AMLO. Y
Godoy hizo lo que tenía que hacer para ganar el gobierno michoacano,
incluso reconocer de manera pública la legalidad del gobierno de
Calderón.

Pero esa estrategia ganadora dio como resultado otra
mutación política entre los amarillos, que pudiera ser fundamental para
el grupo de Nueva Izquierda. Resulta que en el periplo michoacano Los
Chuchos se aliaron de manera temporal con la dinastía Cárdenas, con lo
que no sólo le arrebataron a López Obrador el control de esa entidad,
sino que metieron a los propios Cárdenas a la pelea por la dirigencia
del PRD, y hasta garantizaron un lugar de esa dinastía en la lucha
presidencial de 2012. Por eso resulta de risa, y hasta ofende al
sentido común, que en una poco eficaz maniobra de control de daños,
algunos perredistas insistan en que la ausencia de AMLO en Michoacán
fue pactada como un movimiento estratégico. Por más vueltas que le den
al asunto, en el fondo un sector del PRD participó en una moderna
versión de las concertacesiones.

Y al final de cuentas lo cierto
es que los dos grandes ganadores del proceso electoral michoacano son,
por un lado, el presidente Calderón, que desactivó la beligerancia de
un importante sector de sus adversarios políticos, consiguió
importantes márgenes de gobernabilidad y de potenciales acuerdos en el
Congreso, y por el otro el clan de los Cárdenas.



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lunes, 12 de noviembre de 2007

César Balsa - Jacobo Zabludovsky

César Balsa



Rara vez se sabe el instante en que nace una amistad. No se registra con la precisión de los nacimientos o las muertes.

Casi
nunca hay una hora exacta, día, mes o año que fije en el tiempo el
origen del nudo entre dos amigos. Mucho menos guarda la memoria los
motivos o razones que llevaron a dos desconocidos a unirse con un lazo
de afecto distinto al familiar, erótico o romántico.

La amistad
suele nacer de manera inesperada, en lugares insólitos, en
circunstancias desconcertantes. Un perrito sirvió a Chejov para ligar a
una dama con un caballero afortunado. No son necesarios más ejemplos
cuando se recuerda la amistad de un hidalgo con locura de desfacedor de
entuertos y su pobre vecino analfabeta habilitado de escudero. Hay
mucho de misterio y de química en el encuentro de dos personas y una
suerte de lotería cuando se convierte en amistad como interminable
apretón de manos.

Nos conocimos en diciembre de 1954 cuando entré
al Focolare. “Yo soy César Balsa, ¿me puede dar cinco minutos?”. Una
sorpresa para mí, periodista principiante ante un hombre que labraba ya
la leyenda de su vida. César había sido botones en el hotel Ritz de
Barcelona y llegado peldaño a peldaño a la gerencia del Palace de
Madrid. Allá lo encontró don Manuel Suárez, el rico influyente de la
época, porque cada época tiene los suyos, y lo invitó a venir a México
como capitán del Tampico Club.

Quebró por entonces un restaurante
llamado La Venta de los Títeres en Paseo de la Reforma. César pidió un
crédito al banquero Miki Feldman y compró muebles y cocina del negocio
en remate, para establecer su restaurante, el Focolare, en la esquina
de Niza y Hamburgo, piedra fundacional de la Zona Rosa. Cruzamos la
calle hacia la vieja residencia porfiriana de Hamburgo y Amberes. En el
jardín se construía una enorme concha de concreto. “Esto se lo debo a
usted”, me dijo César mientras sacaba de la bolsa interior de su saco
una página de El Redondel publicada cuatro meses antes. Era mi columna
Antena, con mi caricatura gracias a la cual me identificó, fechada en
La Habana, con la descripción del cabaret Tropicana y el nombre de su
arquitecto: Borges.

Una sorpresa tras otra me tenía pasmado.
“Cuando leí su artículo decidí contratar a Borges para que hiciera algo
similar en México. Ubiqué su oficina. Llamé por teléfono. Estaba en un
entierro. Llamé al día siguiente y le expliqué mi oferta. Usted debe
estar loco, me dijo Borges, para contratarme sin ver mi obra, sin
conocerme, sólo por un artículo periodístico. Tampoco conozco al autor
del artículo, le dije. Entonces me dijo Borges: un loco como usted sólo
puede entenderse con un loco como yo. Acepto, mándeme los planos. Yo
mismo los llevé a La Habana”. Así nació el Jacaranda en el jardín y el
Can Can en la vieja casa, y algo más importante, nuestra amistad.

Vendiendo sopita, era su respuesta al ¿cómo estás? de su clientela.

Su
hotel Presidente en Acapulco fue el primero con mármoles y alfombras.
La perla de su corona fue el Saint Regis de Nueva York, con Salvador
Dalí de huésped permanente. Construyó el Presidente de la Zona Rosa y
le prohibieron llamar Los Pinos al bar, era una irreverencia. Durante
los 53 años de nuestra amistad no sé qué fue más, si el cariño o el
respeto. Lo vi crecer sin abrirse paso a codazos, sin agresiones, ni
ofensas. Fue uno de los grandes creadores de la infraestructura
hotelera y de la industria restaurantera de México. Una de sus 35
empresas fue el hotel del Prado. Levantó en la castellana el más
moderno hotel de Madrid, el Villa Magna. Creó la Cocina del Aire para
líneas aéreas, se encargó de la alimentación de todas las delegaciones
deportivas en la Olimpiada de 1968. Fue presidente de la Asociación
Mexicana de Hoteles y Moteles que, años más tarde, instituyó y mantiene
la Medalla al Mérito Profesional Turístico César Balsa para premiar a
quienes destacan en su oficio.

Tuvieron un hijo, César, y seis hijas, Titi, Eta, la Nena, Mónica y dos que se quedaron en el camino, Mela y Mariela.

Olvidaba
decir que fuimos socios en 1968. Decidimos para la Olimpiada Cultural,
simultánea a la deportiva, abrir durante tres meses y cerrar, una
tienda de pinturas, La Galería de la Zona Rosa. Montamos tres
exposiciones, Siqueiros, Nieto y Tamayo, una por mes. Nos fue bien y
repartimos. Me dijo César una frase, esencia de sabiduría práctica:
“Las amistades no se prueban cuando se asocian sino cuando se
desasocian”. La nuestra no necesitaba pruebas pero pasó la suya y se
conservó hasta el jueves pasado.

En la madrugada hablaron de su
casa y recibí el golpe antes de oír la voz. No quiso dejarse ver por
nadie en su largo deterioro. El acta de defunción anota los últimos
minutos del miércoles como la hora de su muerte. Falso. Había muerto
tres años y cinco meses antes, el día en que murió Carmen, pero no se
lo dijo a nadie. Nos dejó disfrutar un rato más de su presencia,
aparentaba que estaba ante nosotros y mientras escribo lo veo
encendiendo su puro, oigo chocar los hielos que movía con el dedo para
enfriar el vodka y mantener la extraña costumbre sólo suya del medio
tequila en vez de postre. Nunca excedido en el alcohol ni en la broma
dudosa, impecable en su aspecto y en su trato, medido en el triunfo,
paciente en la adversidad, así lo recordaré.

Me queda otro dedo inútil en la mano de contar amigos.



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Los irresponsables, otra vez - Macario Schettino

Alguna vez ya lo habíamos comentado en este espacio: éste es un país
de irresponsables. La tragedia en Tabasco me parece que es gran
evidencia de ello, por su origen, por lo que hoy ocurre y espero que no
por lo que habrá de seguir.

En un país que por tantos años ha
vivido bajo un régimen autoritario y vertical, es costumbre achacar los
males a los gobiernos, y particularmente al Presidente, que por mucho
tiempo pareció todopoderoso. Esta característica del régimen de la
revolución, fue una de las que impidieron la ciudadanización de la
sociedad, porque nos mantuvo en un perpetuo estado infantil. Nunca
había un responsable de nada, porque todo era parte del Estado. Nos
pasamos el siglo XX siendo irresponsables, es decir, infantes a los que
todo les ocurría y nada podían hacer para evitarlo.

No
quiero decir que la tragedia de Tabasco pudo haber sido evitada con dos
o tres pequeñas medidas, porque eso no es correcto. Inundaciones
ocurren en muchas partes, con frecuencia catastróficas. Pero sólo en
países de irresponsables pone uno a vivir a un millón de personas en un
pantano que seguramente se inundará. La diferencia con los países de
adultos es ésa: no que no ocurran desastres, sino que la población se
hace responsable de reducir los riesgos.

Acá los políticos
rápidamente han culpado a sus congéneres: que si los gobernadores
anteriores, que si el presidente anterior, que si las paraestatales. Y
es perfectamente posible que cada uno tenga una pequeña parte de culpa,
pero hay que sumarle a los líderes que promovieron construcción de
vivienda, a otros políticos locales que dieron permisos a sabiendas de
las amenazas, a los miles de personas que aceptaron vivir en zonas
claramente problemáticas y que, como lo hemos hecho por cientos de
años, aguantaron los riesgos porque así se acostumbra. Y a los miles
que no hicieron caso a los anuncios de la inundación, que les hubiera
permitido rescatar algunos bienes y evitar el trauma de huir en medio
del agua.

Sin menospreciar la irresponsabilidad de los
políticos, también hay que asumir la que tiene la sociedad. Porque no
sólo en Villahermosa hay viviendas en zonas de muy alto riesgo, las hay
en prácticamente todas las ciudades grandes del país y en muchas
medianas. Y no sólo en Villahermosa se ha construido una ciudad en
donde no hay manera de mantener servicios públicos, salvo a costos
excesivos. Y no nada más tenemos riesgos de inundaciones, sino que
tenemos una perpetua actitud irresponsable en todas direcciones.

No
tratamos el agua que desechamos, no cuidamos los bosques, no separamos
la basura. Vaya, ni siquiera la tiramos donde se debe, sino por donde
vamos pasando. Y todo eso cuesta, y mucho. No somos responsables
siquiera con nuestra salud y la de nuestros hijos, y por eso somos uno
de los países con mayor obesidad, y en consecuencia con mayores riesgos
de diabetes, lo que implica mayores costos de salud pública. Para
terminar la letanía, ni siquiera nos hacemos responsables de la
educación de nuestros hijos y, en consecuencia, seguimos soportando la
actitud criminal de los profesores que destruyen la vida de los jóvenes
al dejarlos incapacitados para aprender. Y el costo es inmenso.

Es
posible que muchos mexicanos no tengan siquiera conciencia del daño que
implica su irresponsabilidad. Pero eso mismo es un problema que la
sociedad debe resolver. Porque corregir las irresponsabilidades es
absurdamente costoso. Es necesario que hagamos un esfuerzo por tomar
conciencia de nuestra actitud y hacernos responsables de nuestras
acciones. Ya no culpando de todo al gobierno, aunque no por ello dejar
de vigilarlo.

Hace 30 años, no asumir las
responsabilidades de la sociedad permitió la destrucción casi total de
la economía a manos de gobiernos igualmente irresponsables. Pero no
pueden, quienes vivieron entonces, simplemente culpar a esos gobiernos
y asumirse como víctimas. Como no se puede, hoy, seguir actuando
irresponsablemente impidiendo decisiones urgentes, en lo fiscal, en lo
energético, en lo educativo.

No podemos dejar de asumir
nuestra responsabilidad. Lo que no hagamos hoy se tendrá que pagar
mañana, y muy caro. Las generaciones pasadas nos han trasladado un
costo enorme, no hagamos lo mismo nosotros.



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